MATERIALES
El tema de la familia en el cine infantil actual
Jesús Villegas
Pretendo en este estudio repasar
algunas de las producciones cinematográficas de las últimas tres temporadas
(2009-2011) dirigidas a un público infantil, con la intención de analizar cómo
aparece representada la idea de familia en las mismas. Parto de la premisa de
que, de alguna manera, las películas abordan sus temáticas siempre desde una
perspectiva próxima a la realidad histórica en la que estas se fraguan. Es
decir, presupongo que los modelos, los conflictos, las virtudes o las carencias
en torno a la institución familiar detectados en los argumentos de un
determinado periodo procederán de forma directa, subliminal o simbólica del
momento histórico en que estas obras se gestan. Se me objetará que una creación
concreta, de un autor o un equipo determinado, con una nacionalidad dada no
puede considerarse un documento taxativo sobre la propia vida: es cierto.
Añadiría, además, que hay ideas sobre los vínculos familiares que aparecen en
el cine de hoy, pero ya estaban presentes en nuestro sustrato cultural (en los
cuentos de hadas, la religión, el arte o la mitología, por ejemplo) como
tópicos: la madre protectora, el padre autoritario, el enfrentamiento entre
hermanos… No obstante, salvados estos escollos, al final creo que en las
películas siguen reconociéndose en forma de indicios las muescas de la realidad
más palpitante. Y, aunque deba relativizarse su valor como afirmaciones
categóricas sobre los avatares de la realidad, nadie puede negar su utilidad
como interrogantes abiertos. Como he advertido otras veces en estas páginas,
vamos a hablar de familias de cine, pero a lo mejor esas ficciones iluminan una
zona de realidad que sin la concurrencia de estas obras podría pasarnos en gran
parte desapercibida.
FAMILIAS EN VERSIÓN SINIESTRA
Los
mundos de Coraline y Donde viven los monstruos
Hay películas infantiles que tocan la
temática familiar de forma tangencial, pero hay otras que sitúan en el centro
de su trama ese contenido, como estas dos fantásticas creaciones. Ambas,
además, se dirigen en apariencia a un público infantil, aunque su poesía, su
tono, su pulsación y su sentido último solo pueden ser captados en su totalidad
por un adulto.
Los
mundos de Coraline cuenta la historia de una niña que acaba de mudarse
a una nueva casa en medio del campo. Sus padres están tan ocupados en sus
trabajos que apenas tienen tiempo para ella. A través de una misteriosa puerta,
nuestra protagonista accederá a un mundo paralelo habitado por otra madre y
otro padre, idénticos en apariencia a los primeros, salvo porque sus ojos son
botones y, lo que es más importante, porque siempre tienen tiempo para su hija
y para la diversión. Poco a poco se descubrirá que ese universo de maravilla es
en el fondo una gran tela de araña tejida por una bruja, que ha asumido la
apariencia de la madre de Coraline para atrapar su alma. Al final la niña
protagonista logrará escapar de ese reino solo en apariencia seductor y aceptar
la peculiar idiosincrasia de sus padres, con sus defectos y virtudes.
En esta soberbia e inquietante
película de animación una preadolescente solitaria y sensible que reside en un
mundo gris vive un proceso interior de maduración. En esencia, abandona la
tentación de la fantasía escapista para acomodar su existencia a los rigores de
la realidad: en otras palabras, crece. Para habitar siempre en un mundo
maravilloso Coraline debería arrancarse los ojos y sustituirlos por botones:
inspirada metáfora de un idealismo ingenuo e infantil que prefiere refugiarse
en sueños en lugar de asentarse en la realidad, por mucho que esta nos parezca
insuficiente.
En este mismo sentido, el conflicto familiar
de Coraline, más que resolverse, se integra, se procesa, se naturaliza. Si sus
padres estaban al principio puestos en cuestión, al final no han dejado de ser
los mismos: solo la mirada de la protagonista ha evolucionado. Los dos se
dedican a escribir libros sobre plantas, pero, como dice su hija, no soportan
la tierra ni tienen tiempo para cultivar flores. En el sutil entramado
simbólico de la película, uno de los mayores atractivos del mundo paralelo es
un jardín maravilloso, cuyas sendas trazan un dibujo del rostro de Coraline:
ese que unos padres ocupadísimos han dejado de lado y apenas cuidan. Pero no todo
es una crítica acerba: la película termina con la fiesta del jardín, momento en
el que entre todos los miembros de la familia comienzan a sembrar las tierras
yermas que circundan la vivienda. Entre el mundo monótono, uniformado y
aburrido que asfixiaba a Coraline y aquel paraíso multicolor pero tramposo en
el que pretendió refugiarse se encuentra este pequeño huerto en construcción al
que deben consagrarse las tres células de una unidad familiar bastante semejante
a la que podemos encontrar hoy en muchos hogares.
Donde habitan los monstruos también nos habla de las
dificultades de convivir en familia y de la necesidad de aceptar sus
imperfecciones, sus limites, sus vacios. Max vive con su madre separada y con
su hermana. La primera también, como los padres de Coraline, está muy ocupada
con su trabajo. Por otra parte, intenta reconstruir su vida afectiva, algo que
a Max le cuesta comprender. La segunda es una adolescente que apenas presta
atención a su hermano, incluso permite que sus amigos destruyan el iglú que Max
ha construido sin salir en su defensa. En un determinado momento, el
protagonista explota en casa y, después de morder a su madre y de decirle que
la odia, huye a refugiarse a una isla habitada por monstruos. Allí lo coronan
rey. Su misión será intentar reconstruir la familia que ha perdido en su casa
en este territorio fabuloso y salvaje. No obstante, sus denodados esfuerzos por
crear una especie de paraíso de afecto y convivencia con sus amigos los
monstruos chocarán una y otra vez con dificultades, con problemas y desajustes,
hasta que, al final, tras reconocer que solo es Max, no un rey, entienda y
asuma las dificultades asociadas al hecho de formar una familia como parte
consustancial de esta institución. Entonces, por fin, perdona a su madre, se
perdona a sí mismo y regresa a casa.
Quizás uno de los logros más interesantes de
esta genial película sea la maestría con que los conflictos del protagonista
(su mal comportamiento, su sensación de soledad y abandono familiar, el miedo a
la pérdida del paraíso infantil y el consiguiente dolor de crecer…) se
materializan de forma imaginaria en esa isla a la que arriba tras una travesía
nocturna. El lugar donde habitan los monstruos es la propia conciencia de Max,
pues todo su mundo real y sus anhelos se encuentran reflejados en ese espacio
mediante sutiles recurrencias, rimas, alusiones… Las situaciones y sentimientos
de Max en su casa se corresponden con episodios, comentarios y motivos en este
reino anárquico creado a imagen y semejanza de sus propios conflictos. El líder
de los monstruos, Karol, sería el alter ego de Max: no en vano aparece por
primera vez destruyendo todas las cabañas de sus congéneres, pues pretende que
todos vuelvan a vivir juntos, formando una piña, a fin de recuperar una supuesta
armonía pretérita perdida. K.V. representaría a la hermana de Max: tiene dos
amigos, las lechuzas Bob y Terry, y eso ha provocado que Karol se sienta traicionado
mientras percibe que todo se resquebraja… Así una y otra vez la película
conecta la aventura exterior con el conflicto interior de Max. El
descubrimiento por parte del niño de que ni las circunstancias ni las personas
se amoldan a nuestros deseos le permitirá regresar a casa liberado de
frustraciones, pero con ese melancólico poso de amargura en la conciencia que
se llama, como en la película anterior, crecimiento.
Los mundos de Coraline y Donde viven los monstruos presentan versiones duplicadas de
familias (reflejos simbólicos, formas invertidas: otra madre – otro padre/un
clan de monstruos) con el fin de evidenciar los límites y las virtudes de esta
institución en la realidad. En estas dos interesantes obras aparecen modelos
familiares que no sacian las necesidades de los niños que en ellos se integran,
pero a la vez los protagonistas acaban por reconocer que su insuficiencia no
deja de resultar acogedora cuando se valora en ella lo que ofrece y no tanto
aquello de lo que carece. También coinciden ambas propuestas en vincular los
procesos de sus protagonistas con el abandono de la inocencia infantil.
Coraline y Max vivirán sendas aventuras que, entre otras cosas, les obligarán a
reconocer que sus padres no actúan de acuerdo a sus deseos absolutos, que en el
mundo existen la soledad, la monotonía y la tristeza, y, lo más importante, que
ser familia, además de un legado, es un proceso costoso y conflictivo, sujeto
también a la posibilidad del fracaso y a la práctica del esfuerzo.
FAMILIA EN VERSIÓN SINIESTRA II
Shrek
IV y Enredados
En las dos películas con las que hemos
iniciado este estudio se jugaba con el constructo imaginario del doble: tanto
la familia de Coraline como la de Max eran diseccionadas mediante el
procedimiento de “carearlas” con sus propios reflejos, sus dobles subconscientes,
pasados en ambos casos por los filtros expresivos de la imaginación y la
poesía. En Shrek IV se
analizan las fortalezas y debilidades de la institución familiar utilizando
otro procedimiento que, sin embargo, consigue el mismo efecto, a saber, actuar
como una especie de lente de aumento: si en los casos anteriores se recurría al
viaje al otro lado del espejo para entender a fondo la realidad, en la última
película de la saga del ogro verde se opta por la alternativa radical de negar
un elemento sustancial de esta: ¿qué sería de una vida concreta si le cambiamos
un constituyente clave en su configuración o, por ejemplo, si transitamos un
camino diferente en las bifurcaciones que van constituyendo su destino? En
concreto, ¿qué pasaría con Shrek si no hubiera conocido a Fiona y no se hubiera
casado con ella? No hace falta ser muy perspicaz para identificar en esta hipótesis
algunos de los motivos y obsesiones más candentes en nuestras modernas
sociedades, a saber, la creencia de que la vida familiar agosta, recorta, zanja
las posibilidades de realización personal de los individuos concretos.
Shrek, casado y con tres hijos, pasa por una
terrible crisis de identidad. Siente que ha llegado a construir una familia a
costa del sacrificio tanto de su libertad como de sus verdaderos anhelos y fuentes
de satisfacción. Como ocurría al protagonista de la inolvidable ¡Qué bello es vivir! al protagonista
de nuestra historia se le permitirá revivir su existencia suprimiendo el hecho
clave que la ha configurado: allí, su propio nacimiento, aquí, el rescate de
Fiona y su posterior matrimonio con ella. La odisea de Shrek al final le
llevará a constatar que toda su existencia cobra verdadero sentido en el amor y
en el resultante proceso de construcción de una familia. Para que la lección
resulte más contundente, no solo el propio mundo privado de nuestro entrañable
monstruo, sino toda la realidad circundante padecería una asfixiante grisura
sin la intervención clave de este héroe tan singular. Sometidos al gobierno
dictatorial de Rumpelstiltskin y de sus secuaces, las brujas, los habitantes
del reino de Muy Lejano, en este mundo hipotético sin el concurso de Shrek,
sobreviven mal que bien, mientras los ogros, encabezados por la rebelde Fiona,
luchan en guerrillas por una libertad casi imposible. Cuando Shrek se
comprometa (en el doble sentido: por la causa política de los ogros; por la
historia emocional con Fiona) las aguas volverán a su cauce y la realidad
matrimonial, con sus aristas, podrá ser apreciada en su justa y gratificante
medida.
Shrek IV plantea un conflicto eminentemente adulto y
me atrevería a decir que sobre todo masculino: más allá del “y vivieron
felices” con el que rematan las historias románticas se extiende la realidad
cotidiana, y esa está forjada a menudo de situaciones que se repiten, pequeños
incordios, monótonos hábitos, aconteceres previsibles… Nuestro ogro considera
ese día eternamente repetido de la vida corriente no un paraíso perpetuo, sino
una forma de condena. En la discusión que desatará el conflicto, Fiona pretende
que su marido valore todo lo que ha conseguido (una mujer, unos hijos
maravillosos, un montón de amigos…), por contraposición a esa tendencia a recrearse
en el recuento de lo que se ha sacrificado. Pero, como ocurría con Coraline o
Max, Shrek necesitará ver, tocar, sentir la ausencia de lo verdadero e
importante para valorar en su justa medida su trascendencia. Las historias de
aquellos dos niños suponían un rito de paso que les permitía franquear las
puertas de la infancia; la de Shrek supondrá que deje la inmadurez afectiva para
ingresar en una madurez emocional auténticamente asumida…
Enredados transita también la morfología del cuento de
hadas. En este caso la familia siniestra, como contraposición a la real, se
encarna en una falsa madre: Rapunzel es secuestrada, siendo un bebé, por la
bruja Gothel, quien la encierra en una altísima y recóndita torre. Se hace
pasar por su madre, con el único propósito de beneficiarse de las virtudes
mágicas de los cabellos de la princesa, capaces de proporcionarle la juventud.
Para Rapunzel, Gothel es su verdadera madre y, en consecuencia, su historia
consistirá, en parte, en alcanzar la libertad y desembarazarse del universo
represivo al que aquella la ha condenado. No es baladí que la historia ocurra
en torno al decimoctavo cumpleaños de la muchacha porque, de nuevo, la historia
particular pretende desarrollar un conflicto vital común a todos los seres
humanos, en este caso, el paso de la juventud a la adultez, simbolizado en esta
edad. Antes hemos hablado de películas que trazaban un recorrido de ida y vuelta:
de familias en conflicto a sus reflejos inconscientes o siniestros (o a sus ausencias,
en Shrek) para regresar con
cierta paz reconquistada al punto de partida. En este caso se parte de una
imagen perversa de familia para avanzar hacia una opción verdadera, insinuada
tibiamente al principio y apuntada al final solo en bosquejo en la figura del
matrimonio real, la auténtica familia de Rapunzel.
La bruja/madre Gothel persigue una y otra vez
transmitir a Rapunzel la idea de que el mundo es un lugar oscuro, egoísta y
cruel. Una de las canciones centrales de la película desgrana esa idea: en su
letra repite expresiones como “madre sabe más”, “madre te protege”, “el mundo
es siniestro”, “sola no subsistirás”, “te quiero mucho” pero “no me pidas que
te saque jamás de la torre”… Esta manipulación continua, que pretende la dependencia
de la muchacha (mientras Rapunzel permanezca enclaustrada no descubrirá su
verdadero origen regio y Gothel tendrá garantizada su juventud) guarda
concomitancias con el modelo de familia actual ultraprotectora, temerosa de que
sus miembros entren en contacto con una realidad trufada de supuestos peligros.
En ambos casos, mientras se insiste en que la cara siniestra del mundo está
fuera del reducto protector, en realidad se acaba descubriendo que son las
cuatro paredes de la jaula de marfil levantada en casa las que configuran una
opresiva y viciada realidad.
Tampoco resulta casual la obsesión de Gothel
por la juventud ni su egocentrismo desaforado,
ni siquiera las tretas de chantaje emocional que una y otra vez utiliza
con su supuesta hija para manipularla. De nuevo podríamos conectar estos
elementos con tendencias reconocibles en la institución familiar hoy en día,
como el miedo a envejecer, aguzado por el progresivo desarrollo de los propios
vástagos, la consagración de los progenitores a su proyecto
personal/profesional en detrimento del cultivo de la vida familiar o la mala
gestión de las emociones y de la comunicación entre padres-madres e hijos.
Aunque Gothel es una “falsa madre”, sus comportamientos aluden a madres/padres
ciertos que, sin embargo, ejercen con torpeza sus responsabilidades. A este
respecto, me gustaría recordar la escena de la presentación de Gothel y
Rapunzel en la torre. Mientras ambas se miran en el espejo, la madre comenta:
“veo a una joven bella, fuerte y segura de sí misma… Y también te veo a ti”.
Aunque Gothel pretende atenuar el calado corrosivo de su comentario con unas
palabras que advierten de que se trata de una mera broma, me parece un momento
revelador, que nos permite equiparar lo que estamos viendo en la pantalla con
ciertas constantes de nuestro mundo, en el que cada vez resulta más difícil
ejercer una maternidad/paternidad responsable cuando se siente que esta
interfiere (recordemos Shrek)
las potencialidades de realización
personales. Si al mirar a los otros solo me veo a mí (Max en Donde viven los monstruos también
padecía esa enfermedad…, pero solo era un niño peleando por no dejar de serlo)
la crisis de la institución familiar está servida.
FAMILIAS EN CONFLICTO
Fantástico
Mr. Fox
La operación llevada a cabo con el
material literario en el que se inspira esta brillante película de animación se
encuentra muy cerca del proceso emprendido con Donde viven los monstruos. Una historia de partida netamente
infantil se ha llenado de matices, conflictos y zonas de sombra de origen
adulto. Al final en los dos casos se obtienen productos dirigidos al público menudo, pero cuya complejidad apela
en muchos momentos a un espectador más experimentado.
En concreto, la trama prístina,
directa, felizmente salvaje de El
superzorro de Roald Dahl da paso a una película en la que la historia
se pliega y profundiza. Su personaje central, así mismo, pierde su carácter
heroico, o al menos lo atenúa. Lo mismo sucede con la familia del protagonista:
la mamá Zorra y los cuatro zorritos que vivían en armónica unidad pasan a ser
ahora una esposa que debe torear con la irresponsabilidad de su marido o un
hijo único acomplejado por la fama del padre y las cualidades intachables de su
primo, Kristofferson, al que han acogido en su madriguera.
Mister Fox, el protagonista de la
historia, no se resigna a una existencia bucólica en una madriguera. Él quiere
habitar en un árbol con vistas al exterior y dar rienda suelta a sus instintos
animales para la caza. Su afición a la rapiña ocasionará que Boogis, Bunce y
Bean, los terribles granjeros cuyas propiedades asalta, emprendan una caza
inmisericorde que está a punto de acabar con todos los animales subterráneos de
la zona. A la par que se vive este proceso, Ash, su hijo, deberá luchar por
vencer sus propios miedos: la convivencia con Kristofferson motiva que se
sienta distinto, inferior, casi ridículo. Llega a pensar que para su padre su
primo encarna todas aquellas cualidades que él no puede ofrecerle, como si en
uno Mr Fox viera las trazas del joven excepcional que fue en el pasado,
mientras en el otro solo pudiera hallar un ridículo y torpe proyecto de zorro.
El “superzorro” del original literario
es aquí un ser egocéntrico, irresponsable, caprichoso, insensible con su propio
hijo, mentiroso e incapaz de cumplir sus compromisos. Es cierto que todo esto
convive con el carisma, el optimismo, la valentía, la dignidad, el afecto o el
ingenio, pero la fusión de esos rasgos de personalidad contradictorios
complican esta figura paterna hasta límites insospechados, algo muy acorde con
las tumultuosas formas de paternidad que hoy en día nos encontramos en la
realidad. Del mismo modo, los celos de Ash, la relación de admiración y odio
hacia su primo, aunque al final se corrijan en un ejercicio de superación muy
interesante, nos hablan sin tapujos de la presión que muchos vástagos sienten
hoy en día por satisfacer la ambiciones de sus progenitores, agobiados por
alcanzar las expectativas que los mismos han depositado en ellos. El miedo a
defraudar, a ser menos que lo que el otro supuestamente espera de mí, actúa
como revulsivo insano, más bien como impedimento para la construcción de la
persona. Aunque al final se descubre que todo ha sido un espejismo de Ash y que
Mister Fox ama (o dice amar) a su hijo tal y como es, con sus debilidades y su
fondo de grandeza, el recorrido de la relación entre ambos está bañado de sombras
y, en último extremo, apunta de nuevo a otras cuestiones sin duda palpitantes
como la incomunicación familiar, la necesidad de reconocimiento mutuo entre
padres e hijos o la obligación de ir ajustando nuestra mirada y nuestro
concepto de aquellos con los que convivimos a medida que ellos evolucionan, crecen,
maduran.
El itinerario de Mister Fox y los
suyos va de la madriguera al árbol, para acabar de nuevo en el fondo de la
tierra. En este proceso de ascensión y caída, la ambición del protagonista ha
terminado por ocasionar su ruina pero, a cambio de perderlo todo, ha logrado
ganar una familia. Semejante odisea hacia el fondo físico (los zorros cavan y
cavan huyendo del acoso depredador de sus perseguidores) y anímico permite un
viaje iniciático tanto hacia la propia identidad (Mister Fox se pregunta una y
otra vez por su condición) como a las entrañas de esa institución, la familia,
que se sostiene en el delicado equilibrio de los afectos puestos en juego.
ORFANDADES Y OTRAS CARENCIAS
Gru,
mi villano favorito, Up
La madre de Max, de Donde viven los monstruos, estaba separada; los protagonistas de Astro boy o Como entrenar a tu dragón son huérfanos de madre; Rapunzel
convive solo con Gothel, su falsa madre;
el niño de The secret of Kells vive
en un monasterio con su tío, el abad, tras la pérdida de su familia. En la saga
de Toy story el niño dueño de
los juguetes no aparece acompañado jamás por la figura paterna… Sin afán de ser
exhaustivo, podemos concluir que no es un argumento extraño al cine infantil
actual el de las familias sin referente materno o paterno, algo que la realidad
también ha vuelto común de mil maneras diferentes.
Gru,
mi villano favorito desgrana la historia de cómo tres niñas huérfanas
dejan de serlo a la par que un malévolo supervillano descubre sus instintos
paternos y adopta a esas tres criaturas con toda su alma. Esta previsible y no
por ello menos divertida película presenta, de nuevo, una versión siniestra de
familia que, en este caso, va evolucionando hacia formas convencionales de
relación. Quizás el punto de llegada (el malvado Gru convertido en un padre
ejemplar y afectuoso) peque de demasiado almibaramiento y apenas ofrezca nada
de interés o de sorpresa, pero su arranque está trufado de corrosivos apuntes
que nos revelan algunos detalles significativos sobre la temática que estamos
abordando. Además, el juego de aproximar extremos irreconciliables, a saber, el
criminal maligno e insensible y las tres dulces huerfanitas convergiendo en un
canto a las mieles de la paternidad y de la familia, aunque se salda con un
resultado harto blando, apuesta por proponer lo que también se postula en
muchas otras películas: en un mundo cada vez más reacio a las diversas facetas del
compromiso familiar (fidelidad conyugal, relaciones paterno – materno
filiales…) sigue siendo una fuente de satisfacción y plenitud incuestionable el
correcto ejercicio de todas esas responsabilidades. Que se opte por caricaturas
que van humanizándose (en este caso quizás más de lo debido) vuelve más plástica
y evidente la lección.
En la vertiente más provocadora de la
película destaca, por ejemplo, la relación entre Gru y su madre. Este vínculo
está dibujado a partir del modelo de maternidad opresiva y castrante. En los
recuerdos de la infancia de Gru, esta lo humilla una y otra vez, se burla de su
torpeza y de sus sueños. La frase que más veces sale de su boca es “Bah”,
respuesta habitual a cualquier logro del muchacho. Cuando este, siendo aún un
niño, le expresa su deseo de volar a la luna, la respuesta que escucha es algo
así como que no envían monos a nuestro satélite… Años después, esta mujer
insiste una y otra vez en minusvalorar los éxitos delictivos de su hijo. Cuando
la madre ha reblandecido en parte su ácido carácter y enseña fotos de Gru a sus
recién conocidas nietas, este aparece vestido en los retratos de niña. La
guinda cínicamente dulce de tan envenenado pastel se produce al final de la
película, cuando comenta a su hijo que está orgullosa de él porque ha logrado
ser casi tan buen padre ¡como ella madre!… De nuevo se reconduce hacia lo
políticamente correcto la escena con la inclusión por parte de la anciana de la
coda “mejor incluso”, pero ya estaba todo dicho en su justa intensidad en los
anteriores momentos.
También Margo, Agnes y Edith sufren su
particular infierno afectivo. En el orfanato la encargada estirada y fría las trata
con una innecesaria distancia. Las niñas no son nada más que vendedoras de
dulces con que sanear las arcas de la entidad. Cuando no cumplen los objetivos
comerciales previstos son encerradas en una caja, la llamada “Casa de la
Vergüenza”…
Gru ha llegado a ser un hombre desafecto y en
apariencia hostil a consecuencia de ese cruel proceso educativo. Bastará que
tres niñas dulces y cariñosas busquen las partes blandas de su coraza para que
surja el afectuoso ser que se albergaba tras la parafernalia del egoísmo y el
mal. Dos formas de orfandad, pues, la de Gru, con una madre tiránica y de
obscena brutalidad, y la de las tres niñas, mal paradas en una institución
inhumana, al final se alían y permiten que unos afectos reprimidos afloren.
Up
alcanza cotas de maestría indiscutibles en todos los planos de su
realización, también en el temático. La valentía de situar en el protagonismo
de la historia a un anciano y a un niño torpe o la apuesta decidida por cantar
valores en desuso como la vida matrimonial, el hogar o el compromiso se
integran en un argumento de una intensidad emotiva incuestionable, que fluye
con la excelencia técnica a la que Pixar nos tiene acostumbrados.
En Up se recrea la historia de Carl, un hombre que decide cumplir
el sueño eternamente aplazado que él y su mujer concibieron de jóvenes:
construir una casa junto a las Cataratas Paraíso, un lugar idílico en
Sudamérica. En una escena de montaje soberbia se nos resume la vida matrimonial
de Carl y Ellie: así nos enteramos de que no pudieron tener hijos, de cómo se
han pasado la vida ahorrando para cumplir su anhelo, pero los imprevistos
cotidianos les han obligado una y otra vez a romper el bote de cristal donde
acumulaban sus ahorros… De ese modo envejecieron. Cuando Carl por fin compra
los billetes para su viaje, Ellie enferma y su aventura compartida se frustra
definitivamente. Un tiempo después, el anciano viudo, a punto de ser trasladado
a una residencia, se las ingenia para llevarse la casa por los aires y
emprender la más increíble de las aventuras…
Carl descubrirá paulatinamente que, en
realidad, aunque no lograron culminar esta fantasía, él y su esposa
compartieron una existencia plena. Con inspiración magistral, desde el
principio de la película vemos en manos de Ellie un álbum de recuerdos. Hay una
sección del mismo reservada para ser cubierta con la gran aventura de sus
sueños. Al final de la película Carl descubre que esas páginas no están vacías,
como él sospechaba: en esa parte su mujer ha añadido innumerables imágenes de
los pequeños momentos felices que ambos tuvieron la suerte de vivir juntos… En
ese transcurrir cotidiano adornado de pequeñas cosas, de fragmentos de
felicidad, reside la dicha más profunda… No ha sido necesario el gran viaje,
porque cada recodo del camino diario ha sido trazado con la intensidad del
amor.
Este proceso de valoración de los
pequeños momentos también se produce en Russell, el muchacho que, por error, se
ve embarcado en la travesía aérea con el anciano hacia las Cataratas Paraíso.
Su vocación de Explorador Intrépido, que debe ayudar a los mayores para obtener
la insignia que le falta en la pechera, no es más que un subterfugio para
acercarse a un padre ausente. En una escena capital, después de intentar
plantar sin ningún éxito una tienda de campaña, le confiesa a Carl que nunca ha
montado una porque su padre jamás está. El muchacho vive con una mujer, de
quien dice que no es su madre, y espera con anhelo el momento de la ceremonia
de imposición de insignias, pues confía en que su padre aparezca. Al igual que
Carl rememora la relación con su mujer, Russell recuerda los momentos felices
vividos con su padre, en concreto, cuando ambos se sentaban en el bordillo a
comer helados y contar coches. “Me encanta ese bordillo. Las cosas que más
recuerdo son las cosas aburridas”. En el epílogo veremos a Carl y Russell mientras
comen un helado sentados en el bordillo: el padre no acudió al acto de entrega
de insignias, pero una nueva forma familiar, constituida por esta pareja tan
singular, ha paliado esta carencia.
Carl y Russell padecen dos formas de
abandono muy frecuentes en las sociedades modernas: unos, los mayores, porque
han dejado de ser productivos y resultan solo un anacronismo andante; otros,
los pequeños, porque deben sufrir la falta de atención y el descuido de quienes
están demasiado ocupados para prestarles su tiempo. En Up estas dos soledades se vuelven solidarias y se animan a
construir una nueva entidad familiar, que remite sin duda a ese modelo, tan
frecuente hoy en día, de unidades parentales en manos de abuelos y abuelas
abnegados.
EN EL NOMBRE DEL PADRE
Astro
boy, Cómo entrenar a tu dragón, Ponyo
Toby es hijo del doctor Tenma, un
brillante científico. A consecuencia de un desgraciado accidente muere cuando
su padre está probando una nueva arma de combate. A fin de reemplazarlo, el
doctor construye a Astro Boy, un robot idéntico al muchacho, al que ha dotado
de los mismos sentimientos, recuerdos y mundo interior que el original. Pero al
cabo de un tiempo, Tenma acaba por renegar de la réplica: a pesar de que es
perfecto, tan inteligente como su hijo, indistinguible en apariencia, le
recuerda tanto que Toby no volverá, que apenas soporta su presencia. Astro Boy
tomará entonces conciencia de su verdadera naturaleza, pues hasta ese momento
ha creído ser el propio Toby. Emprenderá la huida en busca de su lugar en el
mundo que, descubriremos al final, es ser una poderosa arma de combate para la
paz… En el desenlace previsible de la película, el doctor Tenma acepta a Astro
Boy, pues, aunque no sea Toby, sigue de
alguna manera siendo su hijo.
En
el recorrido de Astro a la búsqueda del sentido de su existencia este
cae desde Monte Sofía, el lugar selecto en el que viven las élites, a
Metrocity, la superficie populosa donde habita la gran mayoría de la población
y de la que se desgajó hace años el monte flotante del que el robot proviene.
Allí entrará en contacto con una serie de niños abandonados que sobreviven en
los vertederos, acogidos bajo la tutela de Hamegg. Este hombre se dedica a
reparar robots para que se enfrenten en brutales combates. Para Hamegg los
robots son solo máquinas sin sentimientos, por eso Astro se verá obligado a
ocultar su verdadera naturaleza… Aunque Hamegg aparenta ser una especie de
padre acogedor para todos los muchachos a los que protege, su crueldad con los
robots nos descubre a un hombre insensible y cruel que solo se mueve por
intereses económicos
En Astro Boy, más
allá de las consabidas elucubraciones sobre los límites entre lo humano y lo no
humano, tan del gusto de la ciencia ficción, aparecen dos figura paternas,
Tenma y Hamegg, con un fuerte componente negativo. Por su importancia, destaca
la figura del doctor. Tenma está obsesionado por el progreso intelectual
continuo de su hijo, hasta el punto de que en su relación con él no cabe ni el
humor ni otra forma de complicidad que no provenga de la más pura racionalidad.
Cuando se dispone a crear a Astro Boy, las palabras que expresan su propósito
no admiten ninguna duda sobre lo que busca en un hijo: “Será perfecto, como lo
era Toby”. Al consagrarse a la
educación del niño-robot, surge un paulatino rechazo que en realidad no sabemos
si proviene de la naturaleza de la criatura que ha concebido o del conocimiento
profundo del niño, de Toby, cuya personalidad se ha asimilado en su integridad
en ese ser cibernético. Para el espectador, Toby y Astro son idénticos en su
humanidad; a los ojos de Tenma que, probablemente, conocía muy superficialmente
a su hijo, Astro se presenta como alguien extraño porque, en realidad, Toby era
un desconocido para el científico enfrascado en su propio mundo. La creatividad
del muchacho, su alegría, su
vitalismo provocan una extrañeza en el doctor que no proviene de la naturaleza
mecánica del muchacho, sino de su esencia humana… Las referencias, pues, al
desconocimiento padres/hijos, al autoritario deseo de concebir hijos a imagen y
semejanza de nuestros proyectos o a la insana obsesión por el perfeccionismo
que afecta a muchos progenitores pulsa candentes cuestiones sobre la familia
contemporánea…
En Cómo entrenar a tu dragón también tenemos a un muchacho sin
madre que, de una manera u otra, se esfuerza en saciar las expectativas de un
padre enfrascado en sus propias obligaciones. Si en la película anterior se
trataba de satisfacer las ansias de progresión intelectual, ahora estamos en el
mundo de los vikingos, un mundo bárbaro en el que el mayor logro consiste en
ser un musculado exterminador de dragones. Estoiko, el padre de Hypo, ha
pensado siempre que su hijo es el peor vikingo de la historia. Y eso mismo le
confiesa cuando el joven comienza a demostrar una destreza inusual e inesperada
en la lucha y dominio de esos seres terroríficos. Estoiko se enorgullece de su
hijo cuando deja de ser Hypo y pasa a convertirse en uno más, el mejor, en la
saga de los vikingos. En el momento en que se descubre que las dotes del
muchacho con esas criaturas aladas míticas provienen, no tanto de su arrojo, su
mano dura o su instinto guerrero, sino de una identificación profunda con los
miedos y limitaciones de esos seres solo en apariencia sanguinarios, el padre
reniega del único miembro de su prole, pues se siente traicionado. Lo acusa de
haberse compinchado con los dragones a espaldas de él y de todo su pueblo…
En una cinta de animación, concebida
como un gozoso divertimento, el desenlace debe ser feliz y clásico. Hypo al
final, con sus compañeros de formación, adiestra a una flota de dragones, con
los que colabora en la batalla final contra el monstruo que obligaba a estos a
asolar el poblado vikingo cada dos por tres. El padre, en un final conciliador,
acepta la peculiar idiosincrasia de su hijo, un vikingo inepto para matar, pero
dotado de un ingenio, una sensibilidad y un arrojo que ha logrado la paz
definitiva entre vikingos y dragones.
La película se articula, una vez más,
alrededor de la figura del padre legislador que debe aprender a acomodar sus
pretensiones absolutas a propósito de su hijo a la verdadera naturaleza del
mismo. En un mundo regido por la ley del músculo y la lucha logra hacerse hueco
un muchacho que sin embargo maneja armas como el ingenio, la empatía y la
apertura a lo desconocido: algo similar ocurre, aun en un tono más amable, en
la historia de Vicky, el vikingo,
donde de nuevo el ingenio vence a la fuerza, el padre debe pedir perdón al hijo
y reconquista un orgullo asentado más en la valoración positiva de la
diferencia que en el modelado del otro a imagen y semejanza de nuestras
quimeras.
Ponyo,
la nueva obra maestra de Miyazaki, aborda de manera indirecta la temática
familiar. La increíble historia de amor entre Ponyo, una niña pez, y Sosuke, un
muchachito de cinco años, es tanto un cuento de hadas oriental como una fábula
ecológica, un canto a la amistad o un desaforado poema en el que se fusionan la
sensibilidad, el más gozoso de los absurdos y un humanismo de profunda
raigambre clásica. En esta odisea de un ser mágico que desea convertirse en
humano para vivir su pasión, las figuras paternas están presentadas con ojo
irónico en un universo indudablemente materno y femenino. El padre de Sosuke,
Koichi, es capitán de navío y se pasa toda la película en el mar, mientras,
como le reprocha su mujer, ha dejado a su familia viviendo en una casa en medio
de un acantilado. Solo al final logrará reunirse con su mujer y su hijo y esta
ausencia transforma a Lisa, la madre de Sosuke, en el único referente familiar
activo para el pequeño. Por otra parte, Fujimoto, el padre de Ponyo, aborrece a
los humanos y pretende en todo momento impedir que Ponyo entre en contacto con
ellos porque los considera criaturas estúpidas, sucias y repugnantes. Ante
estos prejuicios, Ponyo y el resto de sus hermanas se burlan de él, escapan a
sus órdenes y, en último extremo, reniegan de una autoridad incapaz de refrenar
en ningún momento los arrebatos de vitalidad anárquica de su prole. Al
contrario, la Diosa del Mar, madre de Ponyo, es una criatura de una belleza
sobrecogedora que, en su majestuosidad, apela por la conciliación entre los dos
mundos (el terrestre y el marino) y acierta a interpretar los deseos de su hija,
aunque estos pongan en peligro el equilibrio del mundo. Las fuerzas femeninas
constructoras (Lisa, la Diosa del Mar) frente a las energías masculinas
represivas (Fujimoto) o ausentes (Koichi) configuran un universo mítico que, a
pesar de su carácter atemporal, no deja de mantener profundas conexiones, una
vez más, con ciertas áreas de nuestra
actualidad más próxima.
CONCLUSIONES
No tengo espacio para más, pero
recomiendo revisar películas como Ga´Hoole,
donde aparece el universal del enfrentamiento entre hermanos y el reemplazo de
la familia biológica por colectivos, grupúsculos o entidades que proponen la
comunión en torno a un ideario común (a veces de corte totalitario o
segregacionista) como alternativa al debilitamiento de los vínculos familiares;
la maravillosa y filigranesca historia medieval The secret of Kells, con otra figura paterna (aquí, el tío abad
del protagonista) puesta en parte en cuestión; El pequeño Nicolás, simpática adaptación del clásico literario
que especula, entre otras cosas, sobre el miedo de los niños ante la llegada de
un nuevo hermano; Los niños de Timpelbach,
una fábula amable a propósito de la impotencia de padres y madres para educar a
sus hijos… También hay películas que por renunciar a aludir en su desarrollo al
tema de la familia al final abren con esa ausencia interesantes parcelas para
la reflexión sobre esa misma temática: Megamind,
Toy Story 3 o Número 9
sustituyen las figuras familiares por otro tipo de vínculos (camaradería, amistad,
compromiso colectivo) que de alguna manera cumplen funciones que hoy en día reemplazan
los vacíos de la institución y que, por tanto, sin quererlo terminan por redundar
en el tema que nos ocupa.
A título de conclusión
podemos afirmar que:
-
La temática familiar se demuestra omnipresente y capital en el cine
dirigido a la infancia.
-
Aunque en el desenlace de las películas se entone el canto clásico de las
virtudes de la familia, los conflictos planteados en torno a ella destacan por una
complejidad difícilmente resoluble.
-
Muchas de estas obras, bajo el envoltorio de cine familiar, interpelan al
público adulto. Esto se hace evidente en los proceso de adaptación de clásicos
infantiles (Donde viven los monstruos,
Fantástico Mr. Fox, Los mundos de Coraline) o en las obras que optan
por aproximarse de forma desprejuiciada y paródica al universo de los cuentos
de hadas (Enredados, Shrek IV).
-
Una de las estrategias más frecuentes para atacar la temática familiar
consiste en presentar desdoblamientos significativos, es decir, traslaciones simbólicas
de una familia a otro plano de realidad para verificar así con más nitidez sus
carencias y virtudes. Esto ocurre en Los
mundos de Coraline, Donde viven los monstruos, Enredados, Gru o Shrek IV, de una u otra manera,
mediante técnicas de aproximación diversas al tema.
-
Las familias incompletas o no tradicionales aparecen en numerosas
ocasiones: de las diez películas comentadas, excepto en Fantástico Mr Fox, Los mundos de Coraline o Shrek IV, el resto de estructuras
familiares presentas diversas formas de orfandad (Cómo entrenar a tu dragón, Astro Boy, Gru, Enredados), abandono
(Up, Donde viven los monstruos)
o separación (Ponyo). En lo
casos en los que aparece la familia clásica, esta suele estar en crisis o
presentar carencias que se subrayan sin paliativos, aunque se corrijan al final
del metraje (ver los tres casos citados).
-
Tanto las figura masculinas adultas (los padres de Cómo entrenar a tu dragón, Astro Boy o Ponyo) como las figura femeninas
(las madres de Gru, Enredados)
están puestos en tela de juicio, aunque se insiste sobre todo en el tópico del
padre autoritario, que busca ver cumplidas en su hijo las expectativas
personales. Se reconocen a la perfección problemas contemporáneos como la
desatención de los hijos (Los mundos
de Coraline, Up), el miedo a decepcionar las expectativas de los
progenitores (Fantástico Mr Fox, Cómo
entrenar a tu dragón), la idea de la familia como forma de limitación
de las propias potencialidades individuales (Shrek IV, Fantástico Mr. Fox), el nuevo papel de los mayores en
las estructuras familiares (Up)…
-
También encontramos ejemplos de familias ultraprotectoras (Enredados), desbordadas (Donde viven los monstruos),
hiperexigentes (Astro Boy).
-
En muchas ocasiones las tramas acontecen en momentos vitales clave de sus
personajes, como el abandono de la infancia primera (Donde viven la monstruos), el paso de la niñez a la
adolescencia (Los mundos de Coraline,
Fantástico Mr Fox), el ingreso en la adultez (Enredados), la crisis en la edad madura (Shrek IV, Gru) o incluso la vejez (Up). Verificar cómo asimila cada
individuo estos procesos en el interior de estructuras familiares debilitadas
constituye uno de los centros de interés más sugerentes de todas estas
películas.
Antes de cerrar este artículo quiero recordar que si
bien mi estudio se ha circunscrito al sugerente ámbito del cine infantil, la
temática familiar en el cine adulto contemporáneo alcanza cotas de complejidad
e interés similares o superiores. Por poner solo algunos ejemplos, Winter´s bone, The fighter o Los chicos están bien (que merece
un visionado atento), de entre las nominadas a los Oscars, o Pan negro y Biutiful, en el panorama del cine que entró en la carrera por
los Goyas, optan por situar en el centro de sus tramas el interés por
diseccionar universos familiares riquísimos. A ese elenco podríamos añadir
obras como Cisne negro, El discurso
del rey o Valor de ley (seis,
por tanto, de las diez nominadas a los premios de la Academia norteamericana)
que, sin otorgar la misma centralidad a esta cuestión, articulan sus discursos
atribuyendo a este forma de organización social una importancia capital a la
hora de configurar las grandezas y miserias de sus personajes centrales.
Jesús Villegas