PÁGINA TRES
Educar
la afectividad
Si quieres conocer a una persona, no le preguntes lo que piensa sino lo que ama. (San Agustín)
La
afectividad, según el Diccionario de la Real Academia Española, significa y abarca
el conjunto de sentimientos, emociones y pasiones de una persona. Según San
Agustín, es lo que mejor nos define. Sentimientos y afectos constituyen nuestro
núcleo interior más personal, más íntimo, más nuestro, mucho más que nuestros
conocimientos o comportamientos. Como dijo Rilke, brotan de nosotros “como el
calor de un alimento caliente”, y vivimos esa emanación afectiva como agradable
o desagradable, creativa o deprimente, realizadora o degradante. A unos los
buscamos, de otros huimos. Funcionan, como ha explicado José Antonio Marina,
como sensores de dirección, que nos dicen si vamos por buenos o malos
andurriales, animándonos a persistir o a cejar, a luchar o a escondernos, a
pavonearnos o a claudicar. En alguna medida, la afectividad, el mundo de los
sentimientos, es el “lugar” en que se vive, el envolvente de la vida. Su exploración permite comprender las
diversas estructuras de la vida. Y, sin embargo, según Julián Marías, el hombre
ha solido vivir de espaldas a lo que le es más propio, a lo que da el tono y la
contextura de su vida.
¿Cuál
es, realmente, la situación actual? ¿Dónde nos encontramos en estos comienzos
del siglo XXI? Junto a los increíbles progresos de nuestro tiempo y a los
decisivos hallazgos en tantos campos, ¿estamos desarrollando las personas
nuestra capacidad afectiva, emotiva, sentimental, o nos encontramos de espaldas
a la riqueza y potencial interior de nuestro mundo afectivo? ¿Nos hace falta
una educación afectiva? La reflexión sobre tantos estudios sociólogicos en torno
a los jóvenes señala una tendencia que no puede menos de causar preocupación:
la educación afectiva, emotiva, sentimental está quedando muy relegada y en las
generaciones más jóvenes, ya en la adolescencia, se advierte un notable aumento
de graves problemas emotivos. ¿Quizá porque hoy los adolescentes
están más solos?
Abordamos
en este número de Misión Joven la educación de la afectividad, teniendo delante
especialmente, el mundo de los adolescentes. Tres psicólogos que trabajan y han
trabajado directamente entre adolescentes guían la reflexión y orientación
educativa que ofrecemos. Miguel Angel
Olivares traza un verdadero mapa del mundo afectivo de los adolescentes,
situándolo en el propio contexto evolutivo y, al mismo tiempo, en el contexto
social, urgiendo educativamente al acercamiento a la afectividad del
adolescente, también en las situaciones de patología afectiva. Sólo así es
posible calibrar la limitación y la fragilidad, o en qué puntos se ha de estar
más atentos para acompañar y educar.
Roberto Cortes sitúa la reflexión desde
la óptica de los educadores, que han de ser capaces de sentir las solicitudes
de ayuda que, de muy distintas formas, les llegan de los adolescentes. Ellos no
demandan discursos; necesitan encontrar a alguien capaz de escuchar y percibir
el mensaje del que es portador. Aunque no lo confiesen abiertamente, esperan
algo, una mano que los ayude a navegar a través de un mar que les resulta,
muchas veces, proceloso y amenazador; y esperan a alguien que les ayude a
entrar dentro de sí mismos, a leer y a dar nombre a cuanto sucede en su
interior, y los aliente a ser ellos mismos, a construir la propia identidad, a
abrirse a la vida con esperanza y coraje.
Finalmente, Santiago Galve, aborda la educación
afectivo-sexual, basándose y compartiendo su rica y amplia experiencia
educativa y de asesoría familiar. Hay tres afirmaciones en su aportación que
merece la pena plantear y reflexionar con detención: la importancia de que,
desde los primeros años de su existencia, perciban los niños el afecto, el
cariño, el amor de sus padres; la necesidad ineludible actualmente de realizar
una acción educativa entre los padres; y el fuerte impacto de la TV en la
familia.
Philips Ariés, que
ha estudiado la evolución de los sentimientos, sostiene que la familia tardó
mucho tiempo en tener una función afectiva y que la valoración del niño es un
sentimiento muy tardío. Es posible que así sea. Pero hoy nadie discute que la
educación es cuestión de amor; que para educar, hay que amar, tanto en el ámbito
familiar como escolar; que el niño, ante todo, tiene necesidad de ser querido y
tiene que sentirse querido, tiene que percibir el cariño de los que le rodean;
que sólo quien ha sido amado, es capaz de desarrollar progresivamente toda su
riqueza afectiva y llegar a amar. La educación asume aquí una función
verdaderamente fundamental. Pero, quizá, incluso más que en otros ámbitos
educativos, respecto a la afectividad se educa más por lo que se es que por lo
que se dice y pretende enseñarse. Padres y educadores acaban proyectando
inevitablemente en los adolescentes la luz de su madurez y la sombra de sus
conflictos no resueltos, de sus inmadureces afectivas, de los errores
educativos de los que ellos mismos sin culpa ninguna fueron víctimas.
EUGENIO ALBURQUERQUE
FRUTOS
directormj@misionjoven.org