ESTUDIOS
Pablo, evangelizador y evangelio
El apóstol, modelo de evangelización y contenido del evangelio
Juan José Bartolomé es teólogo biblista. Actualmente trabaja en la
Curia General Salesiana (Roma).
SÍNTESIS DEL ARTÍCULO
El artículo parte de la convicción de que hoy la cuestión esencial de la evangelización está en los evangelizadores, y propone a Pablo como estímulo e inspiración, a quien la misma comunidad cristiana presenta como modelo y medida del apóstol. Señala los aspectos más significativos de la misión paulina (envío a los paganos, urbana, familiar, en colaboración, creadora de comunidad); analiza su correspondencia como medio y parte de su misión y, desde 1 Cor, precisa algunas de las opciones estratégicas de su actuación evangelizadora, subrayando especialmente la presentación que hace el mismo Pablo de su propia vida como argumento de evangelización y ejemplo vivo del evangelio que predica.
En tiempos de nueva evangelización, como los que
corren, andamos no muy sobrados de modelos en los que inspirar una renovada
actuación misionera y, quizá, algo escasos de motivos que nos devuelvan a la
tarea y la ilusión por ella. Hoy se habla mucho de cómo ha de hacerse la
evangelización, y poco sobre cuantos la han de llevar a cabo; parecería que los
problemas se concentran en “el ardor, el método, las expresiones”[1]
de la nueva evangelización, cuando, en realidad, la cuestión crucial sigue
estando en si los evangelizadores están ya, suficientemente, evangelizados.
Hacer memoria de Pablo apóstol puede ser camino
de recuperación apostólica. Con toda intención se opta aquí por recordar dos
elementos esenciales de la evangelización paulina, que de ser tenidos en
cuenta hoy, devolverían a la nueva evangelización el entusiasmo y la eficacia
de los inicios. Primero, la misión
paulina fue, básicamente, urbana;
sus destinatarios, habitantes de populosas ciudades, y sus primeros ‘templos’,
casas particulares; ello confirió a la evangelización paulina un tono de
universalismo cosmopolita y, al mismo tiempo, un gran sentido de familia.
Segundo, la paulina fue una
evangelización que estuvo en manos de testigos. Y una evangelización
testimonial obliga al evangelizador a convertirse en realización viva de cuanto
anuncia, teniendo la audacia de presentarse como modelo evidente del evangelio
que predica.
1.
Pablo, modelo de evangelizador
La elección de Pablo como estímulo e inspiración
de evangelizadores está más que justificada. La comunidad cristiana, que ha
contado siempre con un evangelio que proclamar, Jesucristo y éste crucificado
(1 Cor 2,2), ha considerado al evangelizador Pablo como el apóstol por
antonomasia.
La primera ‘canonización’ del apóstol es obra del
autor de Hechos. Pero fue decisión eclesial la aceptación canónica de ese
libro, como lo había sido, con anterioridad, la preservación de la
correspondencia paulina y su consideración normativa para la vida cristiana. Es,
pues, la misma comunidad cristiana quien ha presentado a Pablo como su mejor
evangelizador, modelo y medida de apóstoles. Y ello, a sabiendas de que el
apóstol de Cristo no había sido discípulo de Jesús – ni elegido por él ni por
él educado – mientras predicaba el reino de Dios. Pablo, quien pudo no haber
conocido personalmente a Jesús de Nazaret (2 Cor 5,16), ha sido, sin duda
alguna, quien mejor lo da a conocer.
Aquí reside la perenne actualidad del
apóstol: si quien no fue evangelizado por Jesús, pudo ser su mejor
evangelizador, quienes no han llegado aún a ser buenos discípulos no
deberían desesperar de acabar un día como excelentes testigos.
1.1
La misión paulina
Pablo no fue el iniciador de la misión cristiana
al mundo gentil ni creó sus presupuestos. Apenas convertido, eso sí, se insertó
en una comunidad misionera y, como su delegado, asumió la tarea evangelizadora
(Hch 13,1-3). Pero, abandonando muy pronto el terreno que él no había sembrado
(Rom 15,20), buscó predicar sin más fronteras que las que le imponían los
límites del mundo (Rom 15,24.28). Intentaba así pagar la deuda contraída con
Cristo, quien le había enviado a predicar el evangelio (1 Cor 1,17) a los
paganos (Gal 1,15-16; Rom 1,14; 15,15-16).
La conciencia de ser apóstol de los gentiles
motivó su incansable misionar “llenándolo todo con el evangelio de Cristo” (Rom 15,19). Vivía su vocación como un
acontecimiento definitivo, que le hizo comprender su vida y su misión de un
modo radicalmente novedoso, convencido de que el ‘día del Señor’ era inminente
(Flp 2,14-16; 1 Cor 4,3-5): el evangelio debía ser predicado con urgencia a los
paganos, pues “la noche está avanzada y el día ya se echa encima” (Rom 13,12).
De ahí que no aceptara límites para su misión ni fronteras,
geográficas, culturales o sociales, para su evangelio (Gal 3,25-28).
A lo único que se siente vinculado, sin remedio
y sin solución, es a Cristo (2 Cor 11,23), al evangelio (1 Cor 1,17; Gal
1,6-9.11-12), de cuyo anuncio no se avergüenza (Rom 1,16) y cuya proclamación
es para él quehacer ineludible, pues ¡ay de él si no evangelizara! (1 Cor
9,16). En su evangelización lo que estába en juego no era el éxito de su vida
personal sino “el poder de Dios para la salvación de los que creen” (Rom 1,16).
Pablo se entendió a sí mismo más como fundador de
comunidades que como su acompañante, primer predicador antes que permanente
catequista (1 Cor 1,17; 3,6).
Como fundador, Pablo se sabía padre de
comunidades (Corinto: 1 Cor 4,15; 2 Cor 6,12; 12,14. Filipos: Flp 2,22.
Tesalónica: 1 Tes 2,11) y de creyentes individuales (Onésimo: Flm 10. Timoteo: 1 Cor 4,17; Flp
2,22; 1 Tim 1,2.18; Tito: Tit 1,4). Sentía por los suyos profundo amor (2 Cor 2,4; 6,11-13); su suerte le
angustiaba (1 Tes 2,17; 2 Cor 11,28-29); le indignaban sus crisis (Gal 1,6-9;
4,16-20; 2 Cor 1,13-14); le causaba alegría su fidelidad (Flp 4,1). Su oración
por ellos era constante, con gozo (Flp 1,4) o preocupación (1 Tes 3,10). Su
afecto era tan grande que pudo declararse dispuesto a gastar la vida por quienes
sabe no le aman demasiado (2 Cor 12,15).
El amor y la ternura, con todo, no le hacían
abdicar de su autoridad (2 Cor 10,6; Flp 2,12; Flm 2), conferida por Cristo
para la edificación de sus iglesias (2 Cor 10,8; 13,10). Supo mantener con sus comunidades una relación
diferenciada y personal. Si no todas las comunidades por él fundadas le fueron
siempre fieles, ninguna le fue indiferente. Las cartas que nos ha dejado lo
demuestran y, al mismo tiempo, prueban el interés del apóstol por seguir informado
de sus vicisitudes y preocupado por su continua formación. Tener que crear
nuevas comunidades, no le liberó de la responsabilidad de seguir acompañando el
crecimiento de las ya por él fundadas.
Pablo concentró
su esfuerzo evangelizador en unas pocas ciudades, donde no había llegado aún el
evangelio (Rom 15,20). Las grandes urbes, situadas a lo largo de las calzadas
romanas, eran más fácilmente alcanzables; sólo en ellas podía Pablo hacerse
entender siempre en griego. La metrópoli helenística era el lugar donde se
podía tomar contacto con la nueva civilización, donde se tropezaba con las
novedades, donde podían ofrecerse cambios, “donde estaba el imperio y donde
empezaba el futuro” (W. Meeks).
Ahora bien, el influjo que las comunidades recién
creadas pudieran tener en su territorio era, en realidad, escaso, dado su
exiguo número y la escasa relevancia social de sus miembros; en Corinto, p. e.,
la comunidad cristiana podría contar con un centenar de miembros, mientras que
la metrópoli superaba el medio millón de habitantes. Ello hace más
significativa la táctica evangelizadora del apóstol; quiso sembrar el imperio
de pequeñas células, estratégicamente situadas y permanentemente ligadas a su
persona, a las que encargaba proseguir su misión personal. Las comunidades,
recién fundadas, debían hacerse inmediatamente responsables de la
evangelización de la entera región: Filipos, de Macedonia (Flp 4,5);
Tesalónica, de Macedonia y Acaya (1 Tes 1,7-8); Corinto, de Acaya (1 Cor
16,15; 2 Cor 1,1), Éfeso, de Asia Menor (Rom 16,5; 1 Cor 16,19; 2 Cor 1,8).
En permanente peregrinaje, Pablo tuvo que recurrir
frecuentemente a la hospitalidad de los
hermanos en casas privadas. Judas en Damasco (Hch 9,11), Lidia en Filipos (Hch
16,14-15.40), Jasón en Tesalónica (Hch 17,5-7), Áquila y Priscila en Éfeso (1
Cor 16,19; Hch 18,18-19; Rom 16,3) lo mismo que Ticio Justo y Cayo en Corinto
(Hch 18,2-3.7) fueron algunos de sus huéspedes habituales. Es probable que, a
veces, recurriera a casas de alquiler (en Éfeso: Hch 19,9-10; en Roma: Hch
28,16.30).
La casa particular le ofreció alojamiento y
cobijo y, además, un ambiente adecuado para la propaganda y el culto (Rom
16,5). En la residencia de Áquila y Priscila se reunía la comunidad de Éfeso
(1 Cor 16,19), algún año más tarde la de Roma (Rom 16,3.5); en la de Filemón,
la de Colosas (Flm 1-2); en la de Ninfa, la de Laodicea (Col 4,15). Sin estos
lugares de acogida, que por fuerza exigían comunidades reducidas en número (1
Cor 1,14), hubiera sido impensable la misión paulina.
Único lugar de reunión en grandes núcleos
urbanos, el ambiente familiar de la casa contribuyó a la familiarización de la
vida cristiana, de sus estructuras, de su gobierno, de sus códigos de conducta
(Col 3,18-4,1; Ef 5,21-6,9; 1 Pe 2,18-3,7). El vocabulario paulino lo refleja:
los cristianos son hermanos (1 Cor 8,11.13; 15,58; Flp 2,25; 3,1; 4,1; Col 4,7;
Flm 7), hermanas; el apóstol se ve como padre (1 Tes 2,11; 1 Cor 4,14-15; Flm
10; Flp 2,22), como madre (Gal 4,19; 1 Tes 2,7). Pablo habla de construir la
comunidad como si de una casa se tratara (1 Tes 5,11; 1 Cor 10,23; 14,12.26; 2
Cor 10,8;f 13,10; Rom 14,19) y se considera a sí mismo
como su administrador (1 Cor 4,1-2) o arquitecto (1 Cor 3,10).
Pablo acudió a la ayuda de colaboradores para
cuidar de los suyos en su ausencia, dada la imposibilidad de visitarlos más a
menudo. Las fuentes conocen casi un centenar de personas que le ayudaron en su
misión; sólo al final de su carta a los romanos llega a citar 26 colaboradores
suyos (Rom 16,3-16). Y aunque Hechos, de forma indebida, reduzca su papel al de
meros compañeros de viaje, en realidad algunos fueron auténticos apóstoles,
con iniciativa propia, como Bernabé (Hch 11,25-30; 12,24), Apolo, judío de
Alejandría (1 Cor 1,12; 3,4-9; 4,6; 16,12; Hch 18,24-28) o el matrimonio de
Áquila y Priscila (Hch 18,2-3.18-26; 1 Cor 16,19; Rom 16,3-5).
Otros acompañaron permanentemente a Pablo, como
Silas (Hch 15,40-18,17; 1 Tes 1,1; 2 Cor 1,19), y llevaron a cabo misiones muy
difíciles: Timoteo será enviado a Tesalónica (1 Tes 3,2), a Corinto (1 Cor
4,17; 16,10) y Filipos (Flp 2,19) a resolver situaciones muy delicadas; Tito,
tras el fracaso de Timoteo en Corinto, logrará el éxito (2 Cor 7,6-7), y será
mandado de nuevo allí para organizar la colecta (2 Cor 8,6-7).
Tanto Hechos como la correspondencia paulina
afirman la presencia activa de mujeres en la misión paulina. Algunas eran
conversas, como Lois y Eunice (2 Tim 1,5), Damaris (Hch 17,34) o Lidia (Hch
16,14); otras llegaron a ocupar puestos de responsabilidad en las comunidades
locales, como Cloe (1 Cor 1,11) y Ninfa (Col 4,15); unas compartieron con Pablo
misión apostólica: Evodia y Síntique (Flp 4,2); otras llegaron, probablemente,
a ejercer funciones ministeriales, como Febe, diaconisa en Cencres y protectora
del apóstol (Rom 16,1.3; cf. 1 Cor 3,5; 2 Cor 3,6; 6,4) y Junia, ilustre entre
los apóstoles y compañera de prisión de Pablo (Rom 16,7); con algunas, la querida
Pérside y la madre de Rufo, que la considera como propia (Rom 16,12-13),
mantuvo relaciones de afecto.
Pablo supo movilizar alrededor de su proyecto
misionero a muchas personas y programar un trabajo articulado y eficaz de
propaganda. Sólo así se explica que su actividad evangelizadora, que duró unos
veinte años, se haya podido extender tanto y haya conocido éxitos tan duraderos.
Bien sabía Pablo que esos colaboradores no eran suyos, sino de la misión (1 Tes
3,2; 1 Cor 3,5-9; 2 Cor 6,1-4). En su modo de relacionarse y educar personalmente
a sus colaboradores, a quienes concede libertad total de acción y de
iniciativas, mientras espera de ellos que se atengan al evangelio y guarden la
unidad con él (1 Cor 1,11-12; 3,10-11) reside la grandeza de Pablo apóstol.
1.2 Escritor
por necesidad
La correspondencia que mantuvo con sus
comunidades era el modo eficaz de hacer presente su voz y su autoridad
apostólica cuando, ausente (Gal 4,20; 1 Cor 4,19-21; 2 Cor 10,11), no podía
visitar la comunidad (1 Tes 2,17-18) ni mandarle un emisario personal (1 Tes
3,1-2; 2 Cor 12,17-18). Sus cartas fueron sólo parte de su misión y, en su opinión, probablemente, no la más
importante.
Surgidas
como reacción personal a unas circunstancias dadas (cf. 1 Cor 1,14; 7,1; 16,23),
teniendo como destinatarios directos un reducido grupo de personas, las
cartas de Pablo fueron escritos de ocasión. A excepción de 1 Tes, redactada
mientras el apóstol evangelizaba Corinto (Hch 18,5), las demás vieron la luz
probablemente durante su larga estancia en Éfeso (Hch 19,1-20,3). No obstante
su origen circunstancial, sus cartas constituyen la más preciosa herencia: el
motivo principal de su influjo permanente en la iglesia, el testigo literario
más antiguo y, sin duda, mejor logrado de la novedad del cristianismo
naciente.
Cuando aparecieron las cartas paulinas, entre los
años 50 y 60 d.C., no se conocía todavía el evangelio escrito y, a lo sumo,
circulaban por las comunidades colecciones de sentencias, resúmenes de
milagros y alguna narración de los últimos días de Jesús en Jerusalén. La
correspondencia paulina,
el testimonio literario más cercano a los hechos pascuales que ha llegado hasta
nosotros, refleja las tensiones y los logros, las dificultades y los éxitos de
una evangelización ya universal.
Las cartas de Pablo, conservadas por las comunidades
destinatarias, intercambiadas entre comunidades afines y posteriormente
coleccionadas para evitar su desaparición, fueron ocasión y causa de que naciera
entre los primeros cristianos la conciencia de que tenían en las manos un
«testamento nuevo».
La primera es la más obvia. Antes de que existiera el NT, existió
un apóstol, cuya urgencia por estar en comunicación con sus comunidades provocó el nacimiento de un
epistolario. Pablo, seguramente, jamás pensó en que sus cartas valieran más que
para lo que fueron escritas: ser leídas por la comunidad destinataria. El hecho
es que con su
correspondencia nació el NT.
Fue el celo de un apóstol, su voluntad de acompañar
el proceso de conversión al evangelio que se desarrollaba dentro de sus
comunidades, asumiendo sus problemas e indicando soluciones nuevas, la causa
histórica de que el Dios, que ya había roto su silencio resucitando a Jesús de
entre los muertos, empezara a dejar constancia por escrito de su plan nuevo de
salvación. Bastó, pues, un apóstol que escribía sólo cuando no podía estar
presente, que no abandonaba a sus comunidades aunque estuviera ausente de
ellas, que se ocupaba de las preocupaciones de sus cristianos, para que Dios
dejase escrita su voluntad, renovada, de cercanía: un testamento nuevo. Si el
NT lo inició un apóstol que, precisamente por estar lejos de los suyos, quería
que lo sintieran cercano y ocupado en sus problemas, sólo apóstoles cercanos a sus comunidades podrán acercarles el evangelio.
Que Dios quisiera abrir una nueva revelación
mediante la correspondencia de un apóstol fue, sin duda, una decisión personal de ese nuevo Dios, que escapa a la intención del apóstol escritor de
cartas. Por eso mismo – y ésta es la segunda consecuencia –,
nos descubre un rasgo típico de ese Dios nuevo. El haber elegido Dios la
carta como género literario predominante en el NT (20 de los 27 libros del NT
lo son), tiene como consecuencia el que ha ya querido hablarnos a través de la vida de las comunidades. Mientras el Dios del AT se reveló, de
modo preferente, a través de la historia de su pueblo, el Dios del NT se desvela
en la crónica diaria de sus comunidades creyentes.
Ya no es el relato de hazañas pasadas lo que identifica a nuestro Dios, ni será
la experiencia de los antepasados el criterio de la nueva experiencia de Dios.
Bastará con que se nos cuente la propia vida común, repleta de tensiones y de
esfuerzos de fidelidad; bastará con hacer experiencia de la fe y del pecado
común, para encontrarse con el Dios del Señor Jesús.
2. Pablo, contenido del evangelio
Por fortuna abundan en las cartas paulinas
confesiones, arrancadas casi siempre en medio de la polémica, con las que
Pablo, legitimando su evangelio y su misión, traiciona el origen y la razón de
su apostolado (Gal 1,11-12.15-16; 1 Cor 15,9; Flp 3,6-9). Si ahora nos atenemos
a ese pequeño tratado de la existencia apostólica que es 1 Cor 9,1-27, es porque
en él expone Pablo, tan breve como certeramente, sus credenciales de apóstol y
algunas de las opciones estratégicas que rigieron su actuación
evangelizadora.
Que estas reflexiones paulinas estuvieran
destinadas a los cristianos de Corinto las hacen, si cabe, más significativas.
En ninguna otra ciudad helenística
evangelizada por Pablo su misión encontró tantas resistencias ni suscitó tanto
fervor. Los cristianos en Corinto, una minoría dentro de una metrópoli populosa,
célebre por sus juegos y sus vicios, salidos de una cultura ajena, cuando no
contraria, a la tradición donde había surgido y se había conformado el
evangelio, habían aceptado la predicación paulina con tanto entusiasmo como
superficialidad.
La lectura de 1 Cor nos permite repasar de cerca
los esfuerzos por adaptar un movimiento religioso, surgido en un ambiente
agrícola dentro del mundo oriental, a una población urbana de la parte
occidental del imperio romano; nos permite, además, recordar las
incomprensiones del nuevo evangelio que inevitablemente producía la diversidad
cultural en que vivían los nuevos oyentes, y que a menudo llegaban a ser
perversiones del único evangelio.
Ello, qué duda cabe, hace más seductora la
personalidad de Pablo y menos idílico su trabajo como evangelizador. Los
esfuerzos de Pablo por transmitir el evangelio a unos oyentes de diversa fe y
cultura, podrían llenar de imaginación y coraje a quienes hoy deben predicar
ese evangelio en un mundo en el que está emergiendo una cultura al margen de la
fe en Cristo.
2.1
Una fe aún no madura
La comunidad de Corinto, como cualquier otra
surgida dentro del mundo grecorromano, tuvo que afrontar problemas que surgían
más de su pasado no creyente que de la nueva fe; recién convertida al
cristianismo, no se había desligado aún de las creencias y costumbres de su
entorno pagano.
El caso de las carnes inmoladas a los ídolos es
más que simple anécdota; nos puede parece obsoleta incluso, pero para los
nuevos cristianos la cuestión representaba un grave reto a la pureza de su fe
nueva y un grave peligro para una vida común apenas estrenada. Buena parte de
la carne que se vendía en los mercados de las grandes ciudades helenísticas o
se ofrecía en las festividades públicas procedía de los templos: era carne
sacrificada a los dioses. Este origen sagrado ponía a los nuevos cristianos en
el dilema de aceptar invitaciones de amigos y familiares, no renunciando a la
convivencia con ellos, o declinar una familiaridad que les marginaba
socialmente.
Las soluciones que se iban encontrando a un nivel
personal, creaban tensiones, escándalo incluso, dentro de la comunidad. El
reparo a comer carne sacrificada se alimentaba de un paganismo, diluido pero no
superado, en algunos cristianos; otros, más seguros de su fe monoteísta,
supieron librarse fácilmente de la repugnancia y dar testimonio concreto de esa
libertad frente a los falsos ídolos que la fe en el señorío de Jesús concede a
sus fieles. El miedo a ser libres, producto de una fe inmadura, atenazaba unos;
en otros, la certeza de no tener más que un Dios les ponía en la tentación de
perder a sus hermanos, con tal de mantener una libertad recién inaugurada. La
vida de fraternidad estaba siendo cuestionada en Corinto, porque no todos
sacaban las mismas consecuencias de una misma confesión de fe.
Pablo reacciona contundentemente, como le es
habitual. Elabora en tres momentos una respuesta que formula leyes
fundamentales de la existencia cristiana: afirma la absoluta libertad del
creyente pero, al mismo tiempo, establece los límites de la libertad cristiana
en el hermano que no se puede perder porque por él ha muerto Cristo (1 Cor
8,1-13); reivindica para sí la libertad apostólica y se pone como ejemplo de
renuncia a sus derechos (1 Cor 9,1-27); recuerda, apoyándose tanto en la
memoria bíblica como en la vida sacramental cristiana, los peligros de una
recaída en el paganismo (1 Cor 10,1-11,1).
2.2 La vida del evangelizador, evangelio para
la comunidad
Para motivar la renuncia exigida a quienes vivían
su fe con mayor coherencia que Pablo el apóstol se pone como modelo. Su vida
apostólica es argumento de su exhortación y medida de la vida de su comunidad;
más que con sus palabras, evangeliza su comunidad con su existencia apostólica,
en la que se cumple ya cuanto desea de los suyos: él ha sabido sacrificar su
libertad y algunos privilegios en beneficio ajeno. Cuanto acaba de imponerles
con autoridad, puede proponerlo como por él vivido y, por tanto, como posible
para ellos; atreviéndose a convertir su forma de vida apostólica en norma de
vida cristiana, se presenta ante su comunidad como evangelizador y
evangelio.
Antes de afirmar la renuncia a sus derechos
apostólicos (1 Cor 9,3-14), Pablo se presenta como auténtico apóstol de Cristo
(1 Cor 9,1-2). Se sabe libre, por saberse enviado. Y se sabe apóstol, por haber
visto al Señor. La conciencia apostólica radica, pues, en la experiencia
pascual vivida por Pablo.
El origen de su vocación estuvo en el descubrimiento
del Hijo que Dios tuvo a bien concederle (cf. Gal 1,15-16); la meta se consigue
cuando el testimonio personal se hace eficaz y visible en una comunidad de
creyentes. Apóstol de Cristo es por presentarse ante la comunidad como testigo
personal del Resucitado y por presentarse ante Dios con una comunidad concreta
como santo y seña de su apostolado.
Ambos títulos, más que privilegios que acaparar
son causa de liberación: haber visto al Señor y haber construido comunidad le
liberan de sentirse obligado a exigir derechos. Un apóstol que conoce a quiénes
se debe no pierde el tiempo pretendiendo ser reconocido; la seguridad de tener
un encargo que llevar a término le capacita para pasar por alto el aprecio
debido, sintiéndose ya recompensado por cumplir el servicio al que se debe.
Si toparse con el Señor Jesús constituyó a Pablo
apóstol de Cristo, la raíz de la misión cristiana está en el encuentro con
el Resucitado: quien no tiene experiencia pascual, no tiene el mundo como
tarea apostólica. Podrá cuestionarse, pues, una evangelización de la que no
surja vida en común; como ha de dudarse de un cristiano, creyente en la
resurrección de Jesús, que no se sepa, por ello mismo, su enviado.
Pablo, que es apóstol libre, ha renunciado a
vivir a costa de su comunidad. No deben, y bien lo saben sus lectores, mantener
a la mujer que, como era habitual en la primera misión cristiana, acompañaba a
los predicadores itinerantes. En su caso, tampoco tienen que sostenerle a él
(pero Flp 4,10-18). Lo podría exigir, y con mayores méritos que otros, por ser
fundador y padre. Si renuncia al salario debido, es por buenas razones: un
evangelio de la libertad ha de ser presentado sin recortar libertades; el
anuncio de una actuación gratuita de Dios es fehaciente si se realiza
gratuitamente.
El evangelio no debe cargarse con otras
imposiciones que las que el mismo evangelio comporta. El evangelista no ha de
convertirse en óbice o carga para el evangelio al que sirve. Una evangelización
liberada de trabas personales hace más gratuito el evangelio de Dios; si no hay
que dar satisfacción al portavoz, se puede uno concentrar en cumplir con la
Palabra. Quien ha liberado a los suyos del servicio a otros señores no puede
soñar en convertirse en señor de ellos; la libertad que consigue el
destinatario de la misión apostólica, sea efectiva o afectiva, pecuniaria o
sentimental, no puede ser recortada por la necesidad del apóstol. El evangelio
de la libertad se hace creíble si crea comunidades libres, también de sus
evangelizadores. La renuncia al derecho apostólico hace más gratuita la
predicación y más fehaciente el apostolado.
No es, pues, por inadvertencia que Pablo renuncia
al salario debido. Quien sirve al evangelio de la gracia ha de hacerlo
gratuitamente; en ello reside su autoridad personal. Ser apóstol es ya su
salario; su gloria está en poder presentarse como enviado de Dios; cuando
lo consigue, se sabe ya bien pagado. El poder del apóstol, aquél que se
ejercita como renuncia a ser sustentado por la propia comunidad, nace y se
apoya en la conciencia apostólica: si predicar no es electivo para el
evangelizador, ha de resultar gratuito ser evangelizado.
Y es que Pablo se sabe obligado,
irremisiblemente, a la proclamación del evangelio. No hace lo que quisiera sino
aquello para lo que ha sido querido: el evangelio es su tarea y su quehacer, su
encargo y su destino. Vive bajo el peso de su llamada como un mandado; cuanto
haga no merece paga ni recompensa, pues será obediencia debida. Aceptar ser
siervo de Cristo le hace servidor de los cristianos; y por serlo, es
liberador y creíble como apóstol.
La renuncia a los derechos que nacen de la
actuación apostólica no es, pues, para Pablo simple estratagema o táctica útil
en su esfuerzo proselitista. La libertad apostólica está finalizada en el
servicio a sus destinatarios. Es lo que el apóstol explicita a continuación.
El texto es clave, tanto para comprender la
actitud personal de Pablo como para hacerse con el concepto de apóstol que
tiene. Pues descubre el criterio básico que rige su actuación
apostólica: el siervo de Dios se sabe libre de cualquier otra obediencia, pero
se quiere servidor de quienes Dios le indicó como destinatarios de su llamada.
Tener que predicar un evangelio que no es propio
no significa que el apóstol lo debe imponer a los demás; estar a disposición
del mensaje impide ponerlo a su disposición. Pero no poder cambiar el
contenido del evangelio no convierte a su predicador en testigo inmutable,
persona insensible, frente a sus oyentes. El evangelizador debe a su audiencia
el evangelio y su persona, la palabra de Dios y la vida que le presta su voz y el
corazón. Eligiéndolo como su enviado, Dios ha convertido al apóstol en dueño de
nada, de nadie; le hizo, más bien, siervo de todos y del evangelio.
La libertad apostólica no se realiza como
liberación de los destinatarios sino como servicio de amor real que conduce
a la identificación. El apóstol se iguala a ellos y, mientras sea enviado
de Dios ante ellos y para ellos, abrazará su forma de vivir la vida y sus modos
de enjuiciarla. Precio a pagar son la acomodación a las leyes o preferencias
que rigen la existencia de sus comunidades, la asunción de trabas de las que el
apóstol se sabe libre, la indiferencia ante costumbres que le son familiares,
la contemplación de escrúpulos que no le son propios y la aceptación de
debilidades que le son ajenas. Testigo de una salvación por encarnación, el
evangelizador no la anuncia fehacientemente sin aceptar sincera y radicalmente
el mundo de los evangelizados.
Para que esta asimilación de costumbres e ideas
no termine por ser pérdida de identidad apostólica, Pablo menciona dos
criterios. El primero, y principal, apunta a la causa: el apóstol
no tiene más ley, ni norte, que Cristo (1 Cor 9,21); si puede ser como
todos es porque está enraizado en uno, si se da a todos es por deberse
únicamente a Él. El segundo, y consecuencia, establece el objetivo: el fin de
todo ese esfuerzo no está ni en conseguir mayor libertad para el apóstol ni en
asegurar una eficacia mejor para su actuación proselitista; solo pretende la
salvación de unos cuantos (1 Cor 9,22). La voluntad de servicio es
universal, la capacidad de cambio y acomodación no tiene más límites que
destinatarios encuentre su evangelización; pero los resultados, al no estar en
relación con el esfuerzo necesario, pueden ser escasos. Y el apóstol lo sabe:
su trabajo puede ser ímprobo; y lo será, si pretende asemejarse a sus
destinatarios; pero ello no garantiza el éxito que solo la intervención de Dios
asegura. Pablo sabe que de su apóstol Dios no espera logros sino trabajos.
Que la decisión de ser igual a sus destinatarios
no sea opcional para Pablo, se colige de su confesión: todo lo hace por el
evangelio, del que espera participar un día (1 Cor 9,23). Al siervo no se le
recompensan los trabajos ni se le tiene en cuenta las renuncias; el mandado no
se salva por hacer lo que le fue mandado; el apóstol podrá soñar con tener
asegurado su encuentro con Cristo cuando esté seguro de haberlo hecho posible a
los suyos. La certeza de llegar a poseer a Dios depende de su oficio
apostólico: no de los triunfos en él logrados, sí del servicio prestado.
Con el símil de la competición, una experiencia
muy cercana a la comunidad de Corinto, cuyos juegos atléticos eran proverbiales
en el mundo grecorromano, Pablo advierte que no basta con actuar para triunfar,
que participar sólo no lleva a verse coronado. La vida cristiana, y por ende la
apostólica, no exime del esfuerzo por ser gracia recibida; más bien, lo exige.
Quien se encuentra entre los corredores, debe participar en la carrera;
comenzarla bien no garantiza llegar a la meta; al atleta, que desea el triunfo,
no le duele las renuncias que se lo faciliten; se impone una disciplina que
puede llevarle a abstenerse de lo lícito, con tal de conservarse en la lucha;
la meta a la que aspira convierte en perecedero a todo lo que no se la
posibilite.
3. Libertad apostólica, método de
evangelización
Poniéndose como ejemplo en su reivindicación de
la libertad cristiana como libertad con un solo límite, el hermano más crédulo y
menos creyente por quien Cristo murió (1 Cor 8,12), Pablo ha tenido el valor
de apelar a su forma de vivir el ministerio apostólico. Al presentar su
vida como argumento de evangelización ha conseguido presentarse como ejemplo
vivo del evangelio que predica.
La libertad apostólica se ha convertido así en
motivo y tema de su evangelización en Corinto, porque el ejercicio legítimo de
la libertad cristiana podía poner en peligro la fraternidad entre los
creyentes. Por defender una libertad que se mantiene sólo cuando ha de
sacrificarse por no sacrificar al hermano, Pablo se ha propuesto como ejemplo
de libertad ‘condicionada’.
Aunque el apóstol se sabe enviado de Dios y libre
de cualquier señor, sabe también que su libertad está hipotecada hasta que su
hermano no consiga igualmente verse libre. La renuncia al ejercicio de la
libertad, derecho inalienable que nace de la fe, encuentra una única
justificación en el mantenimiento de la fraternidad (libertad del creyente) o
en la ganancia para ella de nuevos candidatos (libertad del apóstol). El
cristiano libre se hace siervo del escrúpulo de su hermano, con tal de no
servirle de escándalo. Y para recordárselo, el apóstol debe vivir tan libre
como para poder hermanarse con todos sus destinatarios, privilegiando a los
débiles. Un apóstol tan liberado de sí se convierte para su comunidad, más que
en simple modelo que repetir, en evangelio que salva.
Si nuestras comunidades hoy, como la de Corinto
ayer, dispusieran de evangelizadores que pudieran presentar su libertad
apostólica como argumento y paradigma de sus exigencias, serían, sin duda, de
nuevo evangelizadas. Si, como Pablo ayer, los apóstoles hoy cifraran su ilusión
en ejercitar su libertad haciéndose solidarios con sus destinatarios, no
menguaría la capacidad de salvar que tiene el evangelio al que sirven como
enviados de Dios.
Juan José Bartolomé