ESTUDIOS
EL CINE QUE VEN LOS JÓVENES
Diez aproximaciones
Jesús Villegas es
Profesor del colegio María Auxiliadora de Vigo
SÍNTESIS DEL ARTÍCULO
¿Qué cine ven los adolescentes y jóvenes?, ¿nos dice algo de los jóvenes a los educadores y agentes de pastoral el cine que ven?, ¿es posible reconocerlos en el cine que ven?, ¿qué pueden transmitirles a los jóvenes las películas que ven? Estas son las preguntas que subyacen en este artículo, a las que el autor se enfrenta y nos lanza al mismo tiempo a educadores y agentes de pastoral.
El siguiente
ensayo estudia nueve películas que cuentan con el beneplácito de un público
joven. La última (Maria Antonieta) la traigo a colación por otros motivos, como
al final se comprenderá. Para seleccionarlas me he limitado a encuestar a mis
alumnos de 3º, 4º de la ESO y 1º de Bachillerato sobre sus preferencias
cinematográficas en los diferentes géneros. Después, sin prejuicios estéticos,
he revisado las películas más mencionadas. Luego, he reflexionado sobre cada
una de ellas, sin perder de perspectiva estas dos preguntas: primera, ¿me dicen
algo de los jóvenes las películas que ellos ven? Segunda: ¿qué puede
trasmitirles a los jóvenes, queriendo o sin querer, cada película?
Como resultado de mis devaneos mentales,
he escrito unas líneas a propósito de cada realización. He procurado abordar
con independencia cada título y no relacionar mis observaciones para no
articular un discurso en busca de analogías demasiado forzado. Prefiero que la
tarea de comparar películas e ideas,
atar cabos y extraer conclusiones la emprenda el lector inteligente.
¿Para comprender este trabajo es
necesario conocer las obras cinematográficas citadas? Creo que no. Mis
colaboraciones en esta revista arrancan de la premisa de que me dirijo a unos
lectores cuyos intereses son pastorales, no necesariamente fílmicos. Por tanto,
he redactado cada aproximación de forma que los detalles narrativos esenciales
estén ya todos presentes sobre el papel. Si alguien se anima después de la
lectura a analizar estas obras, seguro que podrá matizar, ampliar o corregir
mis deducciones.
Finalmente, recuerdo que este número
de Misión Joven se aproxima a los nuevos espacios juveniles. El primer
subtítulo que pensé para mi artículo fue el de “Espacios mentales” y a ese
territorio de la interioridad juvenil pretenden acercarse estas páginas. A ver
si he sido capaz de llegar hasta allí.
1. Una de superhéroes: Spiderman 3
Peter Parker, alias Spiderman, es un muchacho que vive de alquiler en un
cuchitril de pocos metros cuadrados en la ciudad de la opulencia, Nueva York. La puerta de su casa cierra y abre mal (luego
descubriremos que los goznes que dan acceso a su mundo interior pueden chirriar del mismo
modo). Se gana su dinero en un trabajo eventual, inestable y sacrificado, el de
fotógrafo, gracias sobre todo a las instantáneas que le roba a su alter ego y
que le mal paga un director de periódico con mucho de tiranuelo. Estudia
ciencias con aplicación, se peina con una raya que es pura geometría del orden
y se viste de chico formal incapaz de romper platos. Su sonrisa de trazo
infantil revela que, más allá de las circunstancias, se trata de una buena
persona. Podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que es feliz con discreción:
ama a una chica preciosa, comprensiva, delicada y es correspondido; su única
familia, su tía, lo mima, lo escucha, lo aconseja sin entrometerse, desde esa
justa distancia y esa santa paciencia que hace posible el entendimiento. Y,
sobre todo, en su yo privado e inaccesible,
se sabe alguien distinto, especial, único. Y esa convicción lo abriga
ante la adversidad y vuelve el resto de circunstancias de su existir tesoros
valiosos y entrañables. En fin: Peter Parker es un joven burgués medio. No: Peter
Parker es el joven burgués medio por antonomasia.
Pero ya sabemos: la mayor batalla se
libra por dentro. Ese es el lema de la tercera película de la saga de Spiderman dirigida por Sam Raimi. Y el lema de cualquier joven. Y el lema debe ponerse
en juego. Así que Peter Parker,
alias Spiderman, además de sus más, va a sacar a
relucir sus menos. Los problemas surgen cuando nuestro amigo se ve obligado a
lidiar con
El director se
ha esforzado en someter a su superhéroe, Spiderman, a
unas fuertes dosis de humana debilidad. Un meneo de juventud en su vertiente más insalubre lo
acorrala y casi, casi lo acogota contra el suelo. A Spiderman
empieza a dolerle Peter Parker.
Fracaso, frustración, celos, dudas, ira, culpa, deseos de venganza. El
héroe sale del armario de la infalibilidad e ingresa en los tormentosos
vericuetos del conflicto. Ya no se trata de zurrarse
la badana con el megavillano de turno, sino sobre
todo de doblegar las miserias personales más básicas. Y madurar. Ha llegado la
hora de elegir: triunfar sobre uno mismo o ennegrecerse el alma y sumirse en la
más sórdida calleja, la de
Al final
nuestro joven consigue arrancarse el traje negro, la versión perversa de sí
mismo. El gesto simbólico se produce en el campanario de una iglesia (curioso,
sí; religioso, por qué no). En la práctica, ¿cómo supera esa montaña de
adversidad en la que se ha visto sumido?
Respondiendo a la pregunta capital de los que caen en las emboscadas de
la vida: ¿cuál es el camino cuando se ha perdido la senda? Pues descartemos: la
violencia no es el camino. El cinismo no es el camino. La autodestrucción, la
claudicación, el remordimiento incurable no son el camino. Su tía se lo dice,
se lo dice a él y a todos los jóvenes
del mundo que van a ver esta película: debes empezar por el principio,
perdonándote a ti mismo. Es decir, acéptate, reconoce tus límites, querido joven,
asume que no lo puedes todo, ni lo sabes todo, ni eres autosuficiente. Y que
tienes derecho a equivocarte, a ser limitado, a tropezar. Y que no eres el
centro del mundo y, sin embargo, eres único en tu género y vales
La película
termina con una oleada de perdones que salpica absolutamente a todos: héroes,
amigos, enemigos, amores, público en general. Y los efectos especiales,
pasmosos, casi se olvidan en medio de tantos afectos esenciales.
2. Una de miedo: Saw 3
El principio
sobre el que se asienta la serie de películas de terror más exitosa de los
últimos años puede mover a
Pero, en todos
estos casos, el cerebro que ha ingeniado
estos sádicos tormentos actúa movido por
un interés ético y, más allá, diría yo que religioso. Es una especie de ángel
del bien que persigue sus propósitos redentoristas de forma radical y un tanto
sucia. Su fin es nobilísimo; sus medios, discutibles. Lo que pretende el alma
caritativa es que los sujetos de sus jueguecitos,
quienes en realidad deberían estarle agradecidos, alcancen la salvación de sus
pecados mediante el sufrimiento físico.
Todas sus víctimas han fracaso en alguna faceta de su vida y, por medio
de este proceso de ascesis salvaje, se supone que pueden reconquistar la paz
interior, la purificación, la liberación de las culpas. Eso sí, si no mueren en
el intento de la más insoportable de las maneras. En sus admoniciones
explicativas, este personaje siempre aparece con el rostro enmascarado y su
discurso está investido de innegables matices, giros y expresiones de corte
religioso para dar empaque teológico y profundidad a sus experimentos de
sangre. Así mismo, sus instrumentos de tortura remiten a la iconografía
cristiana (cruces, formas de martirio extraídas del martirologio tradicional o
artilugios de ascendencia inquisitorial, imágenes tomadas de la representación
artística del infierno o del pecado a lo largo de la historia…).
En una
sociedad laica como la nuestra, sorprende y pasma que el cine, la televisión,
la literatura se empeñen en recurrir a argumentos,
personajes, imágenes y conceptos religiosos para envolver sus productos de una
cierta aura. Lo grave en estos casos es que la orientación de estos discursos
se apoya, o bien en lecturas sensacionalistas, esquinadas y ridículas de
pasajes bíblicos o de valores evangélicos, o bien en la selección de las
manifestaciones más controvertidas y discutibles de lo religioso. Por ejemplo,
el vínculo entre sacrificio y salvación, el proceso que va de la culpa a la
redención se traduce en Saw en alarde de brutalidad.
Se vuelven (aterradoramente) físicos procesos espirituales. Las metáforas, los
símbolos religiosos se representan en la pantalla como realidades y esta
confusión de lenguajes, esta lectura literal de lo que está cifrado en su
origen en imágenes literarias
(expresiones de Jesús como cargar la cruz, cortarse una mano, llanto y
chirriar de dientes o sacarse la viga del ojo aquí revierten en crucifixiones,
amputaciones, trepanaciones y evisceraciones de carne
y hueso) al final acaba por ofrecer al público (jóvenes, en su mayoría) una
versión de lo religioso dantesca, neobarroca, tétrica y hostil, sin contrapunto
positivo que atenúe su efecto.
Alguien dirá:
“no es para tanto: se trata de un mero divertimento. Los muchachos y muchachas
sólo buscan sensaciones límite, enfrentarse cara a cara con la muerte, el
sufrimiento y la corporalidad para así exorcizar miedos atávicos. Sublimación,
en fin”. Sí, no lo dudo. Siempre ha existido esta atracción por el cuerpo
desgarrado y el cine, generoso, la ha saciado con creces. Pero si en una
sociedad laica como la nuestra, repito, sólo alcanzan cierta resonancia en los
medios los atisbos de lo religioso que se presentan en forma de ecos
apocalípticos, tramas ocultas,
evangelios apócrifos y gritos de horror (a parte de las declaraciones
desacertadas, los comportamientos reprobables y las actitudes discutibles de
ciertos y muy puntuales miembros de la Iglesia), estaremos condenando a nuestra
juventud al desconocimiento más absoluto de ámbitos como lo misterioso, lo
sagrado, lo espiritual, es decir, aquellos que en realidad definen el verdadero
significado y el valor de lo religioso. Y Saw 3, en
su aparente inocencia de producto para
usar y tirar, aunque no lo parezca, apunta en esa misma dirección
simplificadora. La frase “Juguemos un juego” que sirve de prefacio a cada nuevo
y truculento desafío del criminal de Saw resulta,
así, una descarada declaración de intenciones: reduzcamos lo sacro a un juego,
juguemos caprichosamente con las resonancias de lo religioso, llenemos con
vagas ínfulas trascendentales una sucesión de aberraciones y… Bueno, a ver qué
pasa y cuánto ganamos.
3. Una comedia sentimental: Todas contra él
John Tucker, el protagonista de esta
comedia de instituto, aglutina en su persona todos los atractivos que vuelven
arrebatador a un adolescente (al menos a un adolescente de película); es rico,
guapo, musculoso, capitán y máxima estrella del equipo de baloncesto de su
centro. Tiene, además, labia, tablas y recursos innumerables para relacionarse,
sobre todo con las chicas. Como consecuencia de todo este cúmulo de virtudes,
se trata del chico más conocido, envidiado, admirado y deseado en varios
kilómetros a la redonda. Él aprovecha sus cualidades para cumplir un propósito
tan elevado como perturbador: pasarse por la piedra a cuantas compañeras en
edad de merecer se le pongan a tiro.
En un
determinado momento, nuestro amigo hace malabares para mantener tres novietas a la vez: la intelectual, la jefa de animadoras
del equipo y
La película necesita,
no obstante, de un quinto personaje. Es la narradora de la historia: la típica,
mítica y clásica chica invisible, cero a la izquierda y (sólo en apariencia)
patito feo que actuará de instrumento para materializar el plan de estas tres
despechadas amantes. Puesto que estamos en el terreno de la comedia
sentimental, el camino más fiable para acabar por minar la arrogancia y el
prestigio de este inefable representante de la masculinidad será el amor. Si
consiguen que Tucker
se enamore de quien en realidad sólo busca burlarse habrán visto satisfechas
sus legítimas ganas de devolver la afrenta.
La película rehúye cualquier moralina y en esta honesta falta de
intenciones nos dice más cosas de los deseos juveniles que cualquier otro
producto con pretensiones aleccionadoras. Las sucesivas humillaciones por las
que pasa John, en lugar de hundirlo, engrandecen su
mito: le obligan a protagonizar a su pesar un anuncio sobre herpes genital y
eso sirve para que sus compañeros encuentre en él un modelo de compromiso
social; lo vuelven llorica, sensiblón y blandengue a
base de hormonas femeninas y las chicas (todas bien torneadas) hallan en este
alarde de sensibilidad un nuevo atractivo irresistible; lo presentan en medio
de toda la concurrencia desnudo y en tanga femenino, y esa prenda se pone de
moda entre los jugadores de baloncesto por su comodidad y elásticas
prestaciones… Incluso cuando descubre que la chica de la que se ha enamorado
(yo creo que sólo un poco) pretendía en realidad darle una lección y acaba confesando
que mentía para ligar y que eso está muy feo, todos los varones presentes en la
fiesta donde se produce el desenlace lo aplauden como a un héroe por su habilidad y su falta de escrúpulos para
agenciarse a las “pibas” más apetitosas del instituto. Suma y sigue.
Vale, vale. Es
verdad que la protagonista-narradora acaba por aceptarse como es y renuncia a
la falsa imagen de chica-guay que sus tres amigas han
construido de ella para llevar adelante su plan. Cierto que acaba insinuándose
una posible relación entre esta y el hermano de John,
joven del tipo “paso desapercibido – pero soy - inteligente – de buen fondo
– sensible - chachi y respetuoso con el
ganado femenino”. Pero todo, en suma, desprende un tufo a revista de chicos
cachas para adolescentes (femenino plural)
jadeantes que espanta.
Al final,
dentro de la insustancialidad del producto, lo más alarmante se resume en esa
adocenada visión de los roles femenino y masculinos que hemos insinuado: los
chicos viven para ligar y las chicas quieren “algo más”, pero no le hacen ascos
a la ética del revolcón. La película se sostiene sobre un machismo insolente y
consentido (las protagonistas se limitan a alfombrar con sus babas el paso de
un semental en pantalón de deporte y la “lucha” liberadora en la que gastan
tiempo e ingenio en realidad sólo confirma esa sumisión); el endiosamiento
absoluto del aspecto físico no deja resquicios a la duda y, en fin, la supuesta
distancia irónica con la que está todo contado, sin tomarse a la tremenda
ninguna situación y ningún valor, sin confirmar los tópicos pero tampoco
desmintiéndolos (algo así como “La belleza esté en el interior…, pero estar
bueno o buena me gusta más”) convierte esta película en una radiografía rotunda
de cierta juventud de nuestro tiempo.
4. Una de fantasía: Eragon
Eragon responde paso por paso al esquema instaurado por la
omnipresente y omnívora El señor de los anillos: una tierra imaginaria e
inhóspita, un tirano con aspiraciones megalómanas, un grupo de rebeldes
dispuestos a salvar el mundo, criaturas fabulosas al servicio del bien o el
mal, magia… El héroe, como en aquel caso, es un joven que debe asumir con
entereza una misión de aúpa para la que ha sido elegido. Su aventura
conllevará, por supuesto, un proceso de maduración simultáneo al despliegue de
todas sus destrezas. Y grandes valores (amistad, sacrificio, valentía…), y el
dolor de las pérdidas, y la tentación del mal, y... No insisto: un conjunto de
lugares comunes, una morfología que, de tan vista, corre el riesgo de acabar
perdiendo su indudable eficacia simbólica.
Pero
en Eragon, como en la conocida saga de novelas
fantásticas de Laura Gallego Memorias de Idhun,
aparece una criatura también muy frecuente en este tipo de textos y cuyas
connotaciones, ahora sí, me resultan atractivas y pertinentes al hablar de cine
para jóvenes. Me refiero al dragón. La victoria sobre el mal, en este caso,
está en las garras de la última de estas quiméricas bestias. Es su concurso el
que marca la diferencia, el que posibilita
“El
tiempo de los dragones volverá”: así se enuncia en esta película la posibilidad
de un mundo nuevo. Pero, ¿qué es el dragón? Y, sobre todo, ¿qué simboliza?
Repasemos las características que se le atribuyen a esta criatura en el relato
y extraigamos conclusiones.
Ante
todo, los dragones son bestias magníficas: su anatomía prehistórica, su ligazón
al aire (que atraviesan) y al fuego (que lanzan) los conecta con los orígenes
del universo y con sus esencias. Su enorme tamaño no está reñido con el vuelo,
su peso no les impide surcar el aire con ligereza olímpica y bravura. Hay en
ese contraste y en su propia condición de criatura casi extinta una singular
fuerza poética y una maravilla que justifican por sí solos su atractivo.
El
dragón remite, aunque parezca paradójico, a lo femenino. Su voz, su carácter,
incluso sus gestos apuntan maneras maternales (la orfandad del protagonista se
resolverá mediante el encuentro con el mago-padre que lo alecciona y el amable
prodigio – madre que lo lleva por el cielo).
El
dragón está al servicio del hombre, en concreto, se debe al jinete que lo
cabalga y al que está predestinado. Sólo nace en su presencia, se comunica
telepáticamente con él, lo obedece en todo momento y, en un último gesto de
simbiosis absoluta, muere en caso de que aquel muera. Jinete y dragón forman
uno, son una única criatura de doble naturaleza. Centauros del aire, formas
mixtas que se consagran a servir y proteger el mundo, en una misión bélica que,
en realidad, tiene mucho de ecológico, de ético, de mítico.
Vistos estos
rasgos, adentrémonos en su sentido y, en conclusión, en la razón última de que
estos seres cautiven al público juvenil. El dragón debe entenderse, por todo lo
que hemos enunciado en el anterior párrafo, como una faceta del joven, como su
desdoblamiento (su alter ego), la encarnación de ciertos valores y anhelos
privados. No cualquier anhelo o cualquier valor, sino los más granados,
aquellos de los que el joven se enorgullece, los que le distinguen, fortalecen
y alientan. El dragón, en definitiva, representa la quintaesencia del joven, su
propia juventud en su más estilizada expresión:
° El vuelo, la naturaleza maravillosa, el gigantismo podemos asociarlos sin dificultad con la incandescencia de sus ideales, con el plano de lo soñado: con la posibilidad de lo imposible, siempre latente en su conciencia, en definitiva.
° Su excepcionalidad, ese carácter de animal insólito al borde de su desaparición nos remite al carácter propio, a la conciencia de poseer una personalidad delicada y quebradiza, pero única e intransferible.
° Las maneras femeninas del dragón no ocultan un estrecho vínculo, aún no roto, con lo infantil, con lo materno, con lo protector y afectivo, que amarra al joven al ámbito de los sentimientos y lo prepara para el próximo surgimiento del amor.
Podríamos seguir exprimiendo este
juego de correspondencias simbólicas, pero creo suficientemente demostrado que
el dragón, en el relato fantástico en general y en esta obra en particular, se
ofrece más como una forma de caracterización del joven y lo juvenil que como
una invitación a la evasión absoluta. “El dragón soy yo”, podría exclamar
cualquier adolescente inmerso en esta aventura, que no deja de ser una
invitación al autoconocimiento.
5. Una de risa: Scary Movie 4
La
serie de películas titulada Scary Movie
parodia el cine de terror adolescente. Sin embargo, a medida que la saga ha ido
aumentando de títulos, películas de otros géneros han sido sometidas a la
deformación paródica por sus artífices. En esta última entrega se versionan de forma cómica escenas, situaciones y personajes
de La guerra de los mundos, Saw, El bosque, La
maldición, Brokeback Mountain,
Million dollar baby, Fahrenheit 7/11, entre otras que, seguro, se me han
escapado.
La
parodia ha existido siempre (El Quijote, no lo olvidemos, es, entre otras
muchas cosas, parodia de las novelas de caballería). No obstante, el cine
actual que se basa en este procedimiento cómico se asienta en los principios
que allá por los años ochenta estableció
¿Qué
se deduce de que los jóvenes construyan su concepto de lo que es humor a partir
de películas como Scary
movie 4, por ejemplo? En principio, todo lo anterior
opera como una reducción de expectativas. Si humor es igual a Scary movie, quizás su sensibilidad
acabe por volverse inmune a formas más elaboradas de relato y a vías más
sutiles y profundas de acceso a la risa y, por tanto, de llegar al
conocimiento: la ironía, la sátira, el
enredo cómico, el sobreentendido, el juego verbal. Además, cuando el humor no
denuncia ni mira con ojo crítico ni desenmascara ni refleja con ternura o
acidez nuestras miserias, cuando el humor, en conclusión, se queda en la
carcajada y no apunta más allá, estamos sancionando el imperio del chiste y la
guasa, pero a la vez optamos por desposeer de inteligencia a nuestra sonrisa.
Un detalle
final: en Scary Movie 4, el
ínclito y omnipresente Leslie Nielsen se convierte en
Presidente de los Estados Unidos. Mientras está en una guardería escuchando un
cuento sobre un patito, le comunican que la humanidad está siendo exterminada
por una invasión alienígena y, por tanto, debe tomar el mando. El Presidente
dice a su interlocutor que espere un momento, que le interesa saber cuál es el destino del palmípedo:
total, unos cuantos miles de muertos más no son nada. En una sesión de las
Naciones Unidas, el mismo personaje, que se dirige a
6. Una de acción: A todo gas 3
Los
diseñadores de este producto y de su parentela han debido esforzarse en
justificar la cadena de carreras ilegales de automóvil que componen el sustrato
esencial, la razón de ser de
Se
trataría de explicar, mediante este aderezo intelectual, por qué el personaje
central de esta historia encuentra en la conducción temeraria y destrozona de
automóviles la salsa de su existencia. Los guionistas descargan su batería de
argumentos sobre nosotros a lo largo y ancho de la hora y media que dura el asunto.
Puesto que el muchacho en cuestión, a sus diecisiete años, no es transportista
ni se ve inmerso en ninguna trama policial o deportiva que explique el porqué
de sus carreras, se necesita un trasfondo existencial a sus afanes. Los coches,
la conducción, pues, han de venderse como metáforas de algo más profundo. No
hablamos sólo de abrasar gasolina: hablamos del sentido de la vida.
Imaginemos
un muchacho que vive con su madre divorciada y trabaja de mecánico en un
taller. No maneja pasta ni pertenece al cogollito de la sociedad, todo lo
contrario: podemos considerarlo un marginado, un excluido. Si, además, lo
mandamos a Japón para intentar reformarlo, su condición de forastero, de desclasado quedará suficientemente subrayada. Imaginemos
también que su padre es militar y nuestro amigo, como reacción a la obsesión de
este por acatar las reglas, se las salta a la torera a cada paso. Tenemos el
sustrato ideal para un futuro piloto rabioso.
Pero
avancemos. A la pregunta de por qué corre, nuestro amigo no contesta (esto
pertenece al plano de las causas ocultas) espetándonos sus motivaciones de
índole social o familiar, sino de una forma mucho más llana y sincera: “Corro
para demostrar que soy mejor que otro”. En fin: corre para ganar y santas
pascuas. Pura competitividad. “Cuando gano, me siento como nuevo”, dice, con
esa simpleza que lo caracteriza. Como esto pude parecer insustancial o
insuficiente a un espectador exigente, debemos engrosar la lista de motivos con
algunos de más calado. Entonces el protagonista conoce a un delincuente japonés
multimillonario que nos regala su propia respuesta a la cuestión existencial.
Él no corre por competir. En una
escena tan explícita como reveladora, expresa con un gesto sus porqués para
vivir, o sea, correr. En medio de una calle con su cochazo de infarto comienza
a derrapar alrededor de otro “buga” de lujo. Derrapa
y derrapa y derrapa hasta dibujar con sus llantas un círculo perfecto de goma
quemada. En el interior del automóvil rodeado, dos mujeres de infarto
contemplan ese alarde de gallito boquiabiertas, seducidas,
y, al final de la exhibición, no dudan en entregar la tarjeta con su dirección
y teléfono al donjuán de los chasis y las guanteras. Que el automóvil es una
prolongación del falo y un reclamo sexual no puede cuestionarse,
así que ahí tenemos otra razón de peso para jugarse el pescuezo al volante: una
buena carrocería en el doble sentido de la expresión.
Aún
hay más: saltarse las reglas, vulnerar el orden social, competir, alardear y
seducir son buenas justificaciones para pisar el acelerador. Pero le falta
poesía al discurso. En la escena más mona de la película, vemos en una montaña
una hilera de automóviles que descienden por su serpenteante trazado con
delicados y suaves derrapes de tipo, digamos, danzarín. En uno de los
automóviles el protagonista escucha cómo la chica de la película le comenta que
en la conducción uno siente que lo demás desaparece, que sólo existe el
momento, sin problemas, sin pasado ni futuro. Si: conducir tiene, pues, su
lirismo, su belleza, su puntillo espiritual. Conducir es puro presente, en fin.
Y eso es todo. Ahora metámonos en el caletre
de un joven que asiste a la proyección de A todo gas 3. ¿Qué se lleva de todo
esto? Desde luego, nadie pretende que las películas destilen fragancias de Kant o que propaguen universos éticos complejos. Pero entre
las sofisticadas profundidades del saber y la descarada ramplonería media el abismo de
7. Un musical: High School Musical
El
musical ha sido siempre una espléndida bombona de oxígeno. Alegre, vibrante,
idílico, pegadizo, en sus formas más ortodoxas se ha consagrado a fabricar
sueños amables y edificar ilusiones de repostería. Su función: descongestionar
la mente de sus espectadores de problemas, suciedad y otras arideces propias de
esa enfermedad llamada existencia. El musical apuesta por lo inverosímil desde
el momento en que sus actores se arrancan por peteneras sobre la mesa de un
restaurante, mientras pasean al perro o en medio de una discusión. No funciona
el efecto realidad en este género: uno sabe que todo es artificio, que el
manjar está cocinado a base de edulcorantes, conservantes y demás productos de
diseño. Sin embargo, cuando su química funciona, la pletórica vitalidad de sus
números nos contagia su humor, su energía y una dicha no por engañosa menos
dulce.
Higy School Musical nace como
producto de
La
historia es bien sencilla: chica del tipo cerebrito versus chico de la clase
jugador de baloncesto. Se conocen en la fiesta de Nochevieja, canturreando en
un karaoke (fuera, pues, de la rutina académica y de
sus respectivos roles: recuérdese Grease). Luego,
caprichos del azar, acaban en el mismo instituto. Los dos desean participar
como pareja en el musical que organiza el centro. Sin embargo, los grupos a los
que pertenecen y con los que se les identifica (el equipo de baloncesto, por un
lado, y el club de decatlón académico, por otro) presionan todo lo que pueden
para que ambos se vuelquen en aquello que los define, el cultivo del cuerpo o
el reino de la inteligencia, abandonando ese peligroso capricho de probar
nuevos caminos de realización personal. Como guinda del pastel, el padre de Troy Bolton, el muchacho, es su
entrenador y, además, un auténtico obseso del deporte de la canasta, lo cual
motiva que someta al muchacho a un continuo y asfixiante lavado de cerebro.
Al final, el arte y la sensibilidad (en forma
de espectáculo musical) mediaran hasta lograr que estrechen su mano intelecto y
músculo en una solución integradora muy
del gusto de todo el mundo. Y, sobre todo, se nos acabará proponiendo que no
debemos conformarnos con corroborar la etiqueta que nos hemos o nos han
impuesto, sino que tenemos la oportunidad de descubrir y explorar todas
nuestras facetas. Carecemos de límite, podemos probar diferentes formas de
plenitud (no sólo aquella que nos identifica con una u otra panda) y, con el
apoyo de los demás, nuestra peculiaridad puede forjarse en riqueza y
tesoro.
Todo rueda como la vaselina, todo
encaja, todos se reconcilian y acaban cantando en el escenario en un clímax
eléctrico. Ahora bien, si dirigimos la luminosidad de este fácil cuento hacia
las turbias sombras del presente, ¿qué ocurre? Frente al bulling,
ante el fracaso escolar, contra la guerra en las aulas en sus más diversos
frentes, esta fábula americana nos remite a unas condiciones esenciales, a una
especie de reglas para evitar que todos estos males (la realidad en su más feo
ejercicio destructor) lleguen a producirse: escapar, por ejemplo, de los
dictados tiránicos del colectivo, de la presión del grupo (la pandilla, la
tribu, el equipo), que obligan muy a menudo a
enmascararse/deshumanizarse/anularse; multiplicar al máximo nuestros intereses
y trabajar así todas nuestras dimensiones (física, intelectual, social,
artística) para no acabar degenerando en esquejes de persona; aceptar que todos
somos distintos y eso es lo que nos vuelve especiales, no enemigos; ser alguien
completo, uno mismo en su pura y auténtica desnudez, mucho antes que un
estereotipo y un cúmulo de prejuicios que cumplir…
High school musical admite, pues,
una lectura pedagógica de cierto interés. Quizás esté en nuestras manos
reconducir a todos esos chicos y chicas que forman parte del club de fans de esta cinta hacia esos matices éticos. Puede ser
productivo reconstruir este castillo de la Cenicienta en medio de la más
descarnada realidad. Es cierto que se trata de un limpio, candoroso y muy
americano ejercicio de conformismo y buena voluntad. Pero, quién sabe, del
mismo modo que el último asesino en masa de adolescentes en Estados Unidos
actuó inspirado por una película coreana (Old boy) para
ejecutar su masacre, bien pudiera ocurrir que alguno aprendiera a superar sus
carencias gracias a esta otra.
8. Una realista: Arena en los bolsillos
Cuatro adolescentes con
dificultades, dos chicos y dos chicas: uno vive en un piso de menores hasta que
su madre recupere su tutela y pueda atenderlo; otro, de origen rumano, está acogido en la misma institución,
mientras su progenitora sobrevive limpiando contenedores de basura y su padre
permanece en la cárcel; la primera niña pertenece a una familia estructurada,
pero su padre se comporta de forma autoritaria y poco comprensiva con ella; la
última convive con su madre y trabaja con regularidad en el bar que esta
regenta. Los cuatro están inmersos en existencias más o menos complicadas, con
problemas que se agravan paulatinamente, sin demasiados horizontes ninguno de
ellos. Grafitean,
se fugan clases, fuman sus buenos
“porros”, delinquen (el rumano colabora con una banda de ladrones de
viviendas). Y un buen día deciden huir hacia el mar con un coche robado. Allí
vivirán los instantes más hermosos de sus vidas, consagrados a la amistad, al
amor, a la confidencia, al juego. Al cabo de unas jornadas fuera del tiempo y
del mundo, cuando todo el barrio se ha movilizado ante el posible secuestro de
los menores, sus imágenes mientras intentan robar comida de un supermercado se
divulgan, la policía los localiza y se los lleva de regreso a sus hogares. En
los últimos planos de la película, en la secuencia que justifica el título, los
cuatro descubren en los bolsillos de sus prendas puñaditos de arena que
simbolizan esos momentos inolvidables, esa experiencia catártica única y
compartida, ya para siempre a resguardo en el mejor rincón de la memoria.
Contado así el argumento, Arena
en los bolsillos parece la clásica película de adolescentes en huida. Cuatro
rebeldes con causa, cuatro marginados, ante la falta de perspectivas, buscan la
inmensidad del mar como símbolo de liberación, como forma intuitiva de
protesta, como imposible conato de una vida mejor. Huyamos de la realidad, pues
esta apesta, y construyamos una cabaña en medio de ningún sitio. Desmarquémonos
de los valores adultos, saltémonos las normas, soñemos con una idílica isla
desierta donde vivir felices… El sur y el mar, en esto casos de fuga hacia la
lejanía, siempre redundan en una experiencia de inmersión en las propias
profundidades del autoconocimiento, además de
permitir un despliegue de sensaciones desconocidas y un encuentro con los
semejantes de inusitada intensidad. ¡Qué bonito! Ya, sí, pero… Hay algo
esencial que, en este caso, no funciona.
Y no funciona esta historia porque la impostada dureza de estas cuatro
existencias y la simpatía resultante con que el director contempla a estos
seres tiene bastante de cuento chino. No me refiero a
que la película sea mala (que también), ni siquiera al previsible juego de
situaciones, símbolos y conflictos que manejan sus artífices con torpeza digna
de mejor causa, sino al trasfondo, a lo que se está queriendo decir sin decirlo
o cuando parece decirse lo contrario. Porque estos cuatro irresponsables sin
medio dedo de frente, a pesar de sus pesares, por mucho que malvivan, manejan
dinero y zapatillas de marca, se enfurecen porque les mandan colgar el teléfono
o llegar pronto a casa, aspiran a acumular pasta y disfrutar de un buen chalet
en la costa, ignoran los sentimientos de los que les rodean y se comportan y
conversan y sueñan en todo momento con una zafia y obscena superficialidad.
Nada de autoconocimiento: pura autocomplacencia. Nada
de profundización en las relaciones: mero compadreo irrelevante. Los cuatro son adolescentes neocapitalistas
del siglo XXI y pretenden reflejar, no a una juventud malherida y rabiosa, que
busca sanar enfermedades del alma, sino a un buen grueso de la población
juvenil, con necesidades cubiertas, ombligos sobrepujados y ninguna
expectativa.
Esta supuesta revolución de los
que se conformarían con un buen coche, con manejar más pelas y con que les
dejaran en paz quienes les exigen y acompañan, esta revolución, digo, tiene más
de chirigota que de verdadera revuelta. Recomiendo revisar Los amantes de la
noche, Rebelde sin causa, Los cuatrocientos golpes, Rebeldes o El club de los
cinco, por citar sólo cinco títulos clásicos, o la conmovedora y reciente Todo
sobre Lily y comparar la desazón existencial que
exhalan esos títulos con el pijerío patoso de estos
cuatro lebreles elementales que, seguro, se contentarían con participar en la
siguiente edición de Gran Hermano. La simbólica arena en los bolsillos que
ellos se trajeron de su viaje ha degenerado en mi faltriquera en arena real: en
esa arena real y molesta que uno debe sacar de sus zapatos antes de pasar de
verdad al interior.
9. Una de aventuras: Piratas del Caribe 2: El cofre del hombre muerto
¿Quién es Jack
Sparrow? Jack Sparrow, el singular pirata que encarna Johnny
Deep en esta trilogía de películas de aventuras
marinas, se ha erigido en uno de los personajes emblemáticos de este principio
de siglo. Podemos hablar, sin miedo a equivocarnos, de un icono, un símbolo idolatrado
por millones de seguidores de todo el mundo. Su heroísmo antihéroico
puede, en esta época de desencanto y descreimiento, arrastrar a las masas hacia
el único paroxismo que hoy se conoce: el que se sacia en la compra de los mil y
un productos que secundan el estreno de sus películas.
Pero, ¿quién es Jack Sparow? El encanto de Jack Sparrow proviene de un
conjuntado cúmulo de contradicciones. Su egoísmo no está reñido con ciertos
arranques de generosidad que brotan, muy a pesar suyo, de un alma siempre en
trato con demonios, otras almas en pena y holandeses errantes. Es sucio en
todos los sentidos, pero el desaliño impostado de su presencia, entre lo hippie
y lo gitano, seduce como un pantalón estudiadamente agujereado o una camiseta
desteñida de una marca comercial con renombre. Ajeno a otros sentimientos que
no sean aquellos que llevan a buen puerto su pellejo, coquetea con la chica de
la película en un juego sin consecuencias amorosas posibles, pero lleno de
tensión erótica. Para él, piratería rima con marrullería, con maneras nada
elegantes, deudas por saldar y criaturas infernales. No entiende de normas, rey
o patria, aunque, como el de la canción, su barco sigue siendo su tesoro (“La
perla negra”); su dios, la libertad, etc., etc., etc.
Sí, pero, ¿quién es Jack Sparrow? Demagógico y
enredoso de palabra y de obra, desenfadado hasta el descaro, mezcla en sus
modos una aparente falta de coquetería que redunda en dandismo y una gestualidad de personaje de dibujo animado, a veces
decantada hacia lo bufonesco y, otras, en deuda directa con la pantomima de los
grandes cómicos del cine mudo. Lo esencial: no tomarse nada en serio y menos
que nada la muerte, el peligro o los códigos sociales establecidos. Le importa
un bledo la imagen que transmite (aunque, al final, su imagen funciona por lo
que tiene de rabiosa y aplomada individualidad). Le da igual codearse con seres
del averno, antropófagos a punto de devorarle o la marina inglesa en pleno: el
desparpajo absoluto, la independencia a toda costa y el “sálvese quien pueda”
rigen su estratégica inteligencia de superviviente siempre a la deriva y nunca
lo suficientemente escorado como para gritar pidiendo auxilio.
Ya, pero, ¿quién es Jack Sparrow? La segunda entrega
de esta serie tiene su punto culminante en ese momento en que Jack va a ser devorado por el kraken,
el pulpo gigante que viene a cobrar la deuda no pagada a Davy
Jones. Espada en mano, entre los tentáculos
monstruosos de esta furia, encara su dentada boca sin temblar, sin soltar la
empuñadura de su arma, con ganas de incordiar a la mismísima muerte a pecho
descubierto. Cuando no se puede huir por enésima vez, aun cabe el recurso a la
bravuconada final.
En la última secuencia, un
traidor, un mezquino como él, capaz de vender a su propia sombra si fuera necesario,
consigue que su tripulación, su rival amoroso (Will Turner), la mujer a la que desea entre bromas y veras
(Elizabeth Swann), incluso uno de sus enemigos (el
Capitán Barbosa) se comprometan a navegar hasta el fin del mundo para rescatar
de las fauces del espanto a este noble mercenario de estirpe sarnosa. Un canalla adorable, en suma.
¿Qué ofrece, pues, Jack Sparrow? ¿De dónde su capacidad para concitar esa
simpatía, sobre todo entre el público juvenil? ¿Romanticismo? ¿Existencialismo?
¿Cinismo? ¿Esteticismo? ¿Egoísmo? ¿Ética blanda? Todo eso, sí, pero con una
superficialidad de capita de purpurina. Ahí esta la clave: como la propia
película, una mezcla estudiadísima de cine de piratas, cinta romántica,
humorada, fantasía desbocada, terror submarino y ensalada mitológica, el
personaje está construido a partir del eclecticismo, de la heterodoxia total:
una ingente acumulación de referencias ligeras, de rasgos caractereológicos
nunca asumidos del todo fuera de su condición de pincelada acaban por componer
un retrato sorprendente: el retrato más completo que nos ha dado el cine de lo
que hoy somos y, sobre todo, de lo que hoy nos gustaría ser a casi todos. Adiós
al héroe clásico. Jack Sparrow
canaliza algunos de los valores de más alta cotización en nuestra época (falta
de principios como principio, humor por encima de todo, convicciones livianas,
independencia a toda costa, aceptación del engaño y de la traición como formas
legítimas de medrar, ausencia de escrúpulos…). Es, sí, una pose, una actitud ante
el mundo: pero es la pose o la actitud ante el mundo que muchos anhelan.
¿Que quién es Jack
Sparrow? Respondamos por fin a
Un apunte final desazonante Piratas
del Caribe es la primera película inspirada en una atracción de un parque
temático. Jack Sparrow, en
conclusión, no nace de un guión, una novela, un cómic o la vida misma: surge de
la escenografía de cartón piedra de un espectáculo infantil. Es, hijo, pues, de
su tiempo y de una barraca de feria ¿Entonces qué? ¿Y nosotros?
10. EPÍLOGO: MARIA ANTONIETA
La
última película de Sofia Coppola
nos proponía una audaz idea: retratar a
Maria Antonieta, no como a una figura histórica sin más, sino, ante
todo, como a una adolescente. Si tú pones en manos de una cría de origen
aristocrático todo un reino y la encierras en una jaula dorada (Versalles, por ejemplo), donde, después de superar los
rigores del protocolo y la maledicencia,
pueda dar rienda suelta a sus deseos, lo lógico es que esta muchacha se
regodee en un mundo de sensaciones sin fin y salte de fiesta en fiesta y de
satisfacción inmediata en satisfacción inmediata, sin sospechar que, a sus
espaldas, su universo político, mental y moral (el Antiguo Régimen) se
desmorone sin remedio.
Maria
Antonieta pretende en el reducido territorio de su palacio encontrar su lugar
en el mundo. Vitalista y alegre, poco amiga de los formulismos aunque sometida
a su corsé, se pasará media película persiguiendo la siempre esquiva mariposa
de
Pero Sofia Coppola apuesta por algo
más con valentía. ¿Y si estudio a Maria Antonieta como a una adolescente en
unas circunstancias, un momento y un país concreto, pero me atrevo a insinuar
también, con sutileza y descaro a la vez, que
los adolescentes actuales son un poco, son bastante, son totalmente como
Maria Antonieta? Por su geografía mental, por su rechazo de los formulismos
sociales, por su decidida persecución del placer y la felicidad sensual, por su
opulencia satisfecha, por su visión lúdica e insustancial de la vida, por su
facilidad para vivir en exclusiva en sus pequeños reductos privados, de
espaldas al mundo, por su desconocimiento de otros valores que los de cambio,
por su tendencia a resolver la frustración gastando, por su desconcierto… Que
Maria Antonieta fuera como fue inspira incluso simpatía (una simpatía distante,
relativa); que los adolescentes de hoy en día sean “Marías Antonietas”
de la vida en toda su extensión puede inquietarnos. La directora de las
magníficas Lost in traslation
y Las vírgenes suicidas plantea esta posibilidad con la misma y desapasionada
neutralidad, con igual inocencia y admiración
con que persigue por Le Petit y Le Grand Palais a la que pronto será decapitada. Aquí ya sí
soy yo, si somos nosotros los que podemos enarbolar nuestro propio código de
valores e interrogarnos: ¿más allá de las zozobras, sentimientos, inquietudes
íntimas y deseos propios del momento evolutivo, es admisible que una generación
inconsciente de remedos de aristócrata se enseñoree del mundo? ¿Son así, de
verdad, nuestros jóvenes, o estamos sólo ante una película? Y si son así,
¿entonces qué?
Y con esta
pregunta, aplicada al resto de películas a las que nos hemos aproximado,
podemos cerrar este trabajo. ¿Lo que muestran las películas que ellos prefieren
carece de relevancia o nos ayuda a entenderlos? ¿Es posible reconocer a
nuestros jóvenes en el cine que ven? ¿Jóvenes-Maria Antonieta? ¿Jóvenes- Spiderman o jóvenes- Jack Sparrow? ¿Hay algo de dragón en sus almas? ¿Su humor, su
religiosidad, su concepción de la vida, de los roles sexuales, de la rebeldía
se refleja en las películas? ¿Se inspira en ellas? Desconozco las respuestas. Y
no puedo hacer otra cosa que interrogarme.