LA ADOLESCENCIA EN EL CINE
(diario de trabajo)
Lunes, día 15
Tengo
que empezar a preparar mi artículo para el Misión Joven. Algo sobre cine
y adolescencia. Así, a primera vista, el tema parece prometedor. Primera
decisión: ¿hablar sobre el cine que ven los adolescentes o sobre las imágenes
que de los adolescentes nos ofrece el cine? El primer enfoque, aunque
interesante, me arrastrará, sospecho, a terreno trillado: llegar desde Scarie
movie 3, American pie, Alien vs. Predator o Sé lo que hiciste el
último verano a las cabezas y corazones de los futuros adultos me
llevaría a consideraciones del tipo “necesitan argumentos esquemáticos”, o “el
humor, la acción, el horror deben expresarse de forma límite para estimularlos” . En conclusión: amenazantes lugares comunes. Además, si
tengo mal día, podría caer en juicios generalizadores y pesimistas sobre la
educación para la sensibilidad que les estamos dando. No sería justo, puesto
que yo, en mis tiempos mozos, era exactamente igual “de adobe”, palmo más,
palmo menos, que ellos. En fin: hablaremos de los adolescentes tal y como
aparecen retratados en la pantalla.
Me bajo al
videoclub. Antes de meterme en faena, quiero rastrear sus estanterías, a la
caza y captura de material fresco. Veamos: películas con adolescentes de las
últimas temporadas. Primera pieza: Sueños de adolescente (2000,
T. Davis). La carátula del disco está presidida por la siguiente frase-gancho:
“Mi madre tardará veinte minutos. ¿Quieres que lo hagamos de nuevo?”. Continúo
con mis pesquisas. Entre copias innumerables de Yo robot y La
pasión de Cristo, me topo con un nuevo título, Tart Quiero
probarlo (2003, C. Wayne). ¿Que qué quiere probar? Imagino que lo mismo
que quería “hacer de nuevo” la protagonista de mi primer hallazgo. Sumo y sigo.
Kevin &Perry. Hoy mojamos (2003, E. Bye). Bueno, bueno.
Parece que ese es el asunto: “el asunto”, o sea, el sexo. Por ahí tenemos una
línea temática. Más material: Chicas al ataque (2001, D. Gansel),
Ingenuas y peligrosas (2001, F. McDougal), ¡A por todas!
(2000, P. Reed)... Contagiado por los tres primeros especímenes,
me inclino a pensar que estos tres títulos también están cargados de picardía y
remiten a las hormonas en efervescencia, al despertar sexual, al
descubrimiento, entre mágico y escabroso, del otro sexo; aunque, para
desilusión mía, constato que sólo el primero cumple con creces mis
expectativas, pues las otras dos películas pertenecen a esa original e
incomprensible tendencia del cine norteamericano a facturar celuloide (que
luego nosotros nos comemos) cuyas protagonistas sean animadoras deportivas. Ya
se sabe: falditas cortas y camisetas ajustadas al servicio de cuerpos pujantes,
descaro, pompones y mucho ritmo, cha, cha, cha... O sea, más de lo mismo (“el
asunto”) bajo otra bandera.
Sigamos
adelante. Con un poquito de atención puedo reconocer algunas películas del
subgénero “comedia adolescente de instituto”, la mayoría de la factoría Disney,
lo que supone que la omnipotencia del “asunto” se escarcha con azúcar y se
confita en romántica historia “d`amour”: Así es el amor (2002, T.
O`Haver), Diez razones para odiarte (1999, G. Junger), El amor no cuesta nada (2003, T.
Beyer)... Sin verlas, me las imagino: chica o chico conoce a chico o chica;
chica o chico se aleja (en sentido literal o figurado) de chico o chica; chica
o chico cae en brazos de chico o chica. Todo esto en el ámbito de una pandilla
heterogénea y “superguay”, en medio de la “movida” escolar, con el agobio de
los exámenes (descubro la existencia del subgénero “cómo copiar” dentro del
subgénero-instituto: Una banda de los tramposos (2002, A.
Gurland) o La puntuación perfecta (2004, B. Robbins)), entre unos
padres que no entienden nada, pero que quieren mucho a sus poyuelos en plena
edad del pavo, y unos profesores que viven en la estratosfera de su mundo
académico y estirado. En definitiva: las cinco o seis evidencias simples y
amables sobre los adolescentes que, sin dejar de tener algo de verdad, suponen
sólo un denominador común y, por tanto, trazan un retrato demasiado general y
epidérmico de unos sujetos, creo, un pelín más complejos. Más material: Quiero
ser superfamosa (2004, S. Sugarman), Lizzie
Superstar (2003, J. Fall), Josie y las melódicas (2001,
D. Kaplan y H. Elfont), películas sobre chicas empeñadas en triunfar en el
mundo del espectáculo (la última en un tono crítico muy de agradecer). ¡Ajá!
Están al lado de las películas de Britney Spears, Eminem o Mariah Carey:
adolescentes tan “talluditos” que ya no lo son; símbolos, más bien, que actúan
como referentes indiscutibles para muchos muchachos y muchachas. En estas
películas se aborda el tema de la superación personal y el triunfo en el ámbito
de la música, siempre tras un duro esfuerzo trufado de dificultades.
Consulto el
reloj. Debo ir terminando. Reconozco un par de películas en la estela de El
club de los poeta muertos (1989, P. Weir): The Emperor´s club
(2002, M. Hoffman) y La sonrisa de Mona Lisa (2003,
M. Newell): adolescentes en medio de su proceso educativo, que
caen en manos, por suerte, de un profesor excepcional quien, con su brújula
mágica, les indicará el verdadero sentido de la existencia. Muy visto, pero
eficaz. También están las películas con padres e hijos a la gresca (Ponte
en mi lugar (2003, M.S. Water)), lo cual todavía se agudiza más si los
padres provienen de otra realidad cultural (Quiero ser como Beckham
(2002, G. Chadha)), con lo que, a los efectos sísmicos del choque generacional,
se le suman las diferencias de mentalidad entre, por un lado, los progenitores,
baluartes de la tradición y de los principios del país de origen, y, por otro,
los hijos, integrados en parte en los modos y valores de la tierra de acogida
(recuerdo, en esta misma línea, Oriente es oriente (1999, D.
O`Donnell)).
Tras la
batida, repaso mi lista. Si descartamos las películas con adolescentes para
adolescentes (las arriba citadas pertenecerían a esa corriente), la nómina de
obras significativas y recientes protagonizadas por adolescentes halladas en mi
videoclub podría ser la siguiente: Thirteen (2003, C. Hardwicke),
Ken Park (2002, L. Clark), Bully (2001, L. Clark),
Héctor (2003, Gracia Querejeta), Elephant (2003, Gus van
Sant), Planta cuarta (2003, A. Mercero), Eres mi héroe (2002,
A. Cuadri) , Ciudad de Dios (2002, F. Mirielles) y Felices
dieciséis (2002, K. Loach). Habrá que revisarlas.
Martes, día 16
Ayer
empecé a darle vueltas al asunto del artículo. En esta fase previa es muy
importante dejar volar la imaginación. Así que, antes de nada, me siento en mi
rincón de trabajo y anoto, en una lluvia de ideas, algunas intuiciones previas
a propósito de los adolescentes que aparecen en las películas. Recurriremos,
pues, al método inductivo. Mordisqueo el lápiz, me rasco con el lápiz
mordisqueado el ombligo, aun a riesgo de infecciones, y anoto: “Adolescentes”.
Luego garabateo: “Adultos”, que también empieza por “ad-“. Doy dos o tres
vueltas al folio y sigo escribiendo: “ Las películas con adolescentes las
ruedan y las escriben adultos”. Simple, pero cierto. De ahí, imagino, esa
tendencia a situar muchos de los argumentos con protagonistas jóvenes en el
pasado, en un pasado hasta cierto punto ideal (recuerdo, a bote pronto,
Esperanza y gloria (1987, J. Boorman), Casi famosos (2001,
C. Crowe), Las vírgenes suicidas (2000, S. Coppola),
Liberty Heights (1999, B. Levison), Los juncos salvajes (1994,
A. Téchiné), Las bicicletas son para el verano (1984, J.
Chavarri), Los chicos de mi vida (2002, P. Marshall) y un largo
etcétera), que remite al propio pasado de guionistas y realizadores. De esa
primera idea se deducen otras tres que corro a formular. Primera: “La adolescencia
suele ser un tiempo mítico, la época de “la primera vez que...”. A consecuencia
de esta visión evocadora y nostálgica, en las películas se insinúa que nunca la
amistad, el amor, la magia o la intensidad de la vida volvió (volverá) a ser
como entonces”. Segunda: “La adolescencia, en esos casos, constituye más un
estado de las cosas, una actitud hacia la existencia, que una edad concreta”.
Por eso son tan adolescentes los niños de doce años de Cuenta conmigo
(1986, R. Reiner) como los quinceañeros de Cielo de octubre (1999,
J. Johnston) o, incluso, los jóvenes que rondan la mayoría de edad en Rebelde
sin causa (1955, N. Ray). Ser adolescente, en definitiva, es estar en
el momento clave, en “el Día D” o “la Hora H” de la encrucijada vital. Tercero:
“De todo lo anterior se deduce que, si la adolescencia aparece enunciada en
pasado, es, sobre todo, porque allí, en sus límites inciertos, se está
configurando el futuro”. El adolescente “de cine” prefigura un adulto, mientras
se desembaraza de su piel envejecida de niño. Y ese adulto aún por llegar, ese
“ser prometido”, se reconoce, se adivina, se anticipa en el dejar de ser del
niño que relata las películas. El adolescente, por tanto, concentra infancia,
pubertad y madurez en su sola figura, con las posibilidades reflexivas y
creadoras que para un artista conlleva
semejante visión global del ser humano.
Carraspeo,
me levanto, paseo. Creo que me estoy acercando. No sé dónde, pero estoy cerca.
Casi me he comido medio lápiz cuando vuelvo a escribir: “Si la adolescencia es,
en esencia, el maravilloso o/y horroroso o/y desconcertante tránsito del niño
al hombre (de la niña a la mujer), los personajes adultos de película
encontrarán en el adolescente, o bien la inocencia incontaminada infantil, o
bien una perversa prefiguración del adulto antes de tiempo: de ahí la atracción
que ejercerán en ellos estas criaturas bullentes”. Es verdad: el adolescente es
siempre una tentación para el adulto, unas veces la tentación de la pureza, del
ángel, del bien, del niño que ellos dejaron de ser (recuerdo, por ejemplo, Beautiful
girls (1996, T. Demme), La flaqueza del bolchevique (2003,
M. Martín Cuenca), o El hombre que nunca estuvo allí
(2001, J. Coen)), otras, el abismo de lo prohibido, de la trasgresión y el
desorden (de Lolita (1962,
S. Kubrick) en adelante, hasta llegar a American Beauty (1999, S.
Mendes)). En este mismo sentido, para el adulto constituye siempre un reto la
iniciación del adolescente, y, por ello, acompañar, conducir hacia la madurez a
quien está a punto de salir del cascarón dorado de la infancia resulta un tema muy cinematográfico. Hay, en esta línea,
una innumerable nómina de películas protagonizadas por maestros (Profesor
Holland (1995, S. Herek), Jóvenes prodigiosos (2000, C.
Hanson), El increíble Will Hunting (1997, G. V. Sant), por citar
tres que no sean la omnipresente El club de los poetas muertos),
por mentores en los más diversos oficios o encomiendas (Descubriendo a
Forrester (2000, G. V. Sant), Little Voice (1998, M.
Herman), Las normas de la casa de la sidra (1999, L. Hallström))
o por familiares que, con un lento y meditado empujón, facilitan u ocasionan el
ingreso de sus pupilos o pupilas en los ásperos límites de la adultez. Mención
aparte merecería el tan socorrido argumento de la iniciación sexual del
adolescente a manos del adulto (desde la mítica Verano del 42
(1971, R. Mulligan) hasta obras como La belleza de las cosas (1995,
B. Winderberg)o la reciente Una mujer difícil (2004, T.
Willians)), que acaban por insinuar, con cierta tendencia a la simplificación,
que el único conflicto que el adolescente debe resolver para salir del
atolladero de su indefinición es el que se establece con sus genitales... “Asunto” que no es baladí, reconozcámoslo,
pero tampoco único.
Es
tarde. Con tirar de este hilo de las relaciones adultos/adolescentes
, acabaría topándome con un eje temático crucial: las problemáticas
avenencias y desavenencias padre-madre/adolescente, tema, creo, central de las
películas sobre las que deberé escribir en breve. Pero de eso tomaré notas otro
día, que ahora tengo hambre.
Miércoles, día 17
Reviso
el listado de mis películas, a ver con qué material cuento para empezar a
trabajar sobre imágenes concretas. Los grandes clásicos del cine, en general,
desprecian al adolescente como personaje cinematográfico. O, en su defecto, trasladan
a un adulto “novato” en su oficio (de conducir ganado, de robar bancos, de
navegar los mares) las contradicciones, las zozobras, la precipitación y el
apasionamiento del adolescente. Desde este punto de vista, películas como Centauros
del desierto (1956) de John Ford o Río Rojo
(1948) de Howard Hawks, obras que tienen mucho de iniciación
vital por parte de un joven bisoño e impulsivo, se podrían considerar
magníficas películas sobre la adolescencia sin adolescentes.
Quieto
ahí: el artículo no ha de ser erudito. Como me ponga en plan cinéfilo, espanto
al personal. Así que abrevio mi recorrido. Destaco algunos títulos, por si me
resultan después de utilidad, pero sin intención de diseccionarlos más
adelante, sólo como mera filmografía de cabecera para iniciados: Fellini y sus
recuerdos de adolescencia entre hiperrealistas y oníricos en Amarcord
(1973), W. Allen y los suyos, teñidos de nostalgia, en Días de radio
(1987)... Y, cómo no, Manhattan (1979), con la adorable Mariel Hemingway, esa madura
jovencita de dieciocho años de la que se enamora perdidamente, sin saberlo
hasta el final, nuestro imprescindible y sólo adulto en apariencia judío;
la inolvidable El río (1950) de Jean
Renoir, en la que una niña lo deja de ser en el ambiente entre sensual, mortuorio
y embrujado de la India, Los olvidados (1950) de Luis Buñuel (adolescencia y
marginación: cuestión clave. Que no se me olvide Los cuatrocientos golpes
(1959) de Truffaut), el cine de Henry Hathaway (revisar Valor
de ley (1969) o Los cuatro hijos de Katie Elder
(1966), películas del oeste con el aprendizaje como motivo clave), la
memorable Viento en las velas (1965) de
Mackendrick (¡ese pirata enamorado en
silencio de la preadolescente que ha secuestrado!). Y las
adolescentes-tentación de Eric Rohmer en sus Cuentos morales, que sacan
a relucir con su magnetismo incontaminado y su franqueza las hipocresías y
mezquindades de los adultos (ahí están La coleccionista (1966),
Pauline en la playa (1983) o La rodilla de Clara
(1970)). Y el díptico de Coppola sobre las novelas de Susan E. Hinton Rebeldes
(1983) y La ley de la calle (1983). Y...
ah...Aquí está: Rebelde sin causa de Nicholas Ray. Por aquí debo
empezar. Sin duda.
Habré
visto esta película quince o dieciséis veces. Y, para el caso que nos va a ocupar,
se trata de una obra fundamental: por la riqueza de matices con que presenta a
sus personajes, porque habla de adolescentes con un estilo arrebatado y poético
que es la adolescencia misma, porque demuestra cómo el sentir romántico está en
la raíz del sentir adolescente. Jim, Judy y Platón son tres jóvenes
desorientados, que buscan unos padres (un padre, sobre todo) que no encuentran:
Jim (el mítico James Dean) presencia crispado cómo su padre se somete a una
mujer autoritaria que lo anula y, a los ojos del muchacho, lo humilla hasta
condenarlo al sacrificio de su dignidad masculina; Judy (la no menos rutilante
Natalie Wood) se niega a aceptar que está creciendo, sobre todo porque eso
supone que su padre rechace sus gestos de cariño, asustado en cierto sentido
por su feminidad incipiente; Platón, el malogrado Sal Mineo, el personaje más
trágico de los tres, vive con una niñera en una mansión tan lujosa como
desoladora, mientras sus padres, separados, siempre de viaje, se limitan a
enviarle cheques con que suplantar un afecto inexistente. Los tres,
profundamente desarraigados y presos de una angustia sin nombre, reaccionarán a la contra antes esas
carencias, ante ese referente adulto que no encuentran: Jim intentará acorazarse
en una hombría, en una valentía y unos modos violentos que contrapesen la
ausencia de virilidad del padre; Judy potenciará su sensualidad, sus impulsos
pasionales no satisfechos por el cariño paterno; Platón, solo, sin amigos, para
paliar su abandono se entregará a la amistad con Jim con tal arrebato que esa
dependencia absoluta ocasionará, indirectamente, su trágico final. ¿Rebeldes
sin causa? Quizás no tanto.
Nicholas
Ray rueda con maestría y aliento la desazón de estos muchachos destinados a
encontrarse, su pureza confusa, sus profundas contradicciones (fruto de la
vulnerabilidad de unos caracteres que se resuelve en una fachada de
consistencia y madurez demasiado fácil de resquebrajar). Además, no se limita a
trazar un retrato sociológico, sicológico y lírico de unos muchachos de clase
media-alta que no se encuentran a sí mismos porque carecen de espejos donde
mirarse, sino que también nos remite a su perfil profundo o trascendente, a esa
secreta zozobra existencial que habita en cualquier adolescente: el planetario,
decorado que aparece en las secuencias clave de la película, se convertirá en
un espacio simbólico, pues en ese lugar
los protagonistas tomarán conciencia de su pequeñez ante el cosmos, de su
insignificancia, de su extrema pero admirable debilidad, que es también raíz de
su sensibilidad... Pero debo dejar de pensar en voz baja en la película y tomar
alguna nota:
·
Cinco notas sobre Rebelde sin causa
1. Romanticismo: idealismo, deseo de evasión del mundo
real, valor fundamental del sentimiento y la intuición sobre la razón,
subjetivismo a ultranza, pesimismo y angustia vital a consecuencia de la
presión de la soledad, todo ello con
resonancias trágicas, muerte y violencia como tentación y abismo...
Adolescencia: ver características del Romanticismo. Rebelde sin causa:
ver características de la adolescencia.
2. Jim: su cazadora roja (toda una declaración de
carácter), su primera imagen (borracho como un adulto y jugando, en el suelo,
con un muñequito de cuerda como un niño), sus reacciones extremas ante la
insinuación de que es un gallina (como él cree que lo es el padre), aceptando un duelo a navaja a su pesar o
jugándose la vida en coche frente a un acantilado sin querer, porque “algo hay
que hacer” para demostrar que se es, o, dicho de otra forma, para demostrar que
no se es como son nuestros mayores; su amor por Judy, tan dulce y absoluto en
una noche; su manera delicada de entender y acompañar a Platón. Jim madura en
un día: en Judy y en Platón encuentra lo que sus padres no supieron darle, el
amparo, la dirección, el reflejo que le confirma que no está solo en su
excepcionalidad. Por desgracia, es la muerte del otro (Platón), quien viene a
poner orden definitivo en el yo.
3. Judy: sus celos, ese cuerpo, esos gestos entre
deseantes y cándidos, esa mirada de mujer que quiere crecer y no crecer; que
insiste en ser niña y en no serlo, como quien corre en todas las direcciones
sin moverse; su manera de dar arena a Jim para que no se resbalen sus manos en
el volante, antes de que se juegue la vida en el acantilado, en una prefiguración
de ese amor como asidero que vendrá después.
4.-Platón: ¡Qué solo! ¡Qué indefensa su presencia!
Detenido, al principio, en la comisaría, por ¡matar a unos perrillos recién
nacidos! (suicidio simbólico). La misma pistola, al final, (un arma que le
queda grande, como debería quedar grande a cualquier ser humano) ocasionará que
la policía, inconsciente de su real indefensión, lo acribille a balazos. Sólo querido por Judy y Jim, sus
padres putativos, y por esa criada cuya presencia transmite un hondo patetismo.
Nada más acaba de conocer a Jim, confiesa, casi al instante, que es su mejor
amigo, en una declaración que invita a la compasión, al arrebato de ternura.
Muere con la cazadora de Jim; en el gesto final ,
este, una vez muerto su mejor amigo (que lo era), le sube la cremallera de la
misma y dice: “Siempre tenía frío”: emoción,
entrega, generosidad, desesperación: palabras todas de la misma familia
que “adolescencia”.
5. La escena en la casa abandonada: Allí se refugian los
tres, Jim, Platón, Judy. Inventan una historia: Jim y Judy son recién casados;
Platón representa ser su criado, también su hijo. Les enseña las estancias
desoladas que son, a la vez, su palacio, el único posible. En esa fantasía, en
ese ideal encuentran por primera vez refugio, una salida imaginaria al mundo
real. Creen ser adultos. En la piscina,
dicen, ahogarán todos los hijos que tengan (sic: nuevo comentario que expresa
en clave su malestar respecto a sus padres). Platón se duerme mientras Judy le
canta una nana: los tres en contacto, unidos, en ese momento de felicidad que
será el único. Entre risas, con Platón dormido, los otros dos descubren
enternecidos que este lleva un calcetín de cada color (uno azul y otro rojo),
como todo adolescente lleva el alma también descuadrada: marca de ambigüedad,
de contradicción, de incertidumbre. Cuando Platón despierte, solo de nuevo, (al
mundo real, a esa vida de la que se han escapado... demasiado cerca, no
obstante, como para no ser atrapados), se desencadenará la tragedia.
Jueves, día 18
Soy
amigo de buscar en los videoclubes cintas o discos de segunda mano a buen
precio. Mira por dónde, hoy he encontrado, por dos euros, Ken Park
de Larry Clark, una de adolescentes. La tengo en la lista. La carátula no se anda
con chiquitas: vemos el rostro de un chaval entre las piernas y el vientre
desnudo de una mujer. “El asunto” sin tapujos. El que conozca algo el cine de
este director americano puede sospechar, sin miedo a equivocarse, lo que va a
encontrar dentro de esta caja: un retrato inmisericorde y provocador de
adolescentes límite, marcados por relaciones paterno-filiales aberrantes (los
problemas familiares de los
protagonistas de Rebelde sin causa son una fiesta en comparación
con las atrocidades que padecen estos muchachos), entregados a las drogas, la
violencia y, sobre todo, al sexo, que, al final, constituye tanto una forma más
de deshumanización como la única vía de salida a sus tortuosos cadalsos
particulares. Encendamos el vídeo y agarrémonos al asiento, que, seguro,
vendrán curvas.
La película
comienza con un muchacho en monopatín. Llega a una pista para skaters. Se
sienta en el suelo. Saca una cámara de vídeo. Se enfoca a sí mismo. Saca una
pistola. Se vuela los sesos. Ese es (era) Ken Park (al final sabremos que se ha
suicidado tras haber dejado embarazada a su “chica”). Todavía no se me han
atragantado las palomitas, pero casi. El resto es bastante peor: al
protagonista lo conocemos en su casa, mientras tiene cogido contra el suelo a
su hermano pequeño y le obliga a la fuerza a decirle que le quiere (“cómo
conseguir el amor del enemigo sin dejar marcas” podría titularse el episodio).
Poco después, cuando nuestro héroe púber, ya solo, se marcha de casa, mantiene
la siguiente conversación con su madre. “Tu hermano me ha dejado un mensaje
para ti”, pregunta la madre, después de pedir un cigarro a su pimpollo.
“¿Qué?”. “Que te den por culo, mamón”. Digamos que este ha sido uno de los
momentos más tiernos de la película. De su casa el sujeto en cuestión pasará a
la de su novia. La hermana pequeña de esta se entretiene viendo un vídeo...
¿Disney? No: de muchachas en tanga (planos de traseros por aquí y por allá,
todos bien torneados y, en este contexto, vagamente absurdos). Al poco tiempo
nos enteramos (lo veremos, más bien, con todos los pelos (literal) y señales)
de que el protagonista mantiene relaciones sexuales con la madre de su novia un
día sí y al siguiente también... Y así sucesivamente. El caso es que este es
uno, pero hay otros tres adolescentes en las mismas...o peor: uno es insultado
y machacado continuamente por su padre, que lo acusa de ser un marica,
hasta que este hombre ejemplar, una noche, tras regresar borracho a casa,
intenta abusar de él; otro vive con sus abuelos, se inventa historietas protagonizadas
por niños africanos desnutridos cuyas fotos colecciona y a los que bautiza
juguetonamente, se masturba estimulado por los jadeos de las tensitas en pleno
esfuerzo deportivo, mientras medio se asfixia para aumentar su placer con una
corbata y, al final, asesina a sus abuelos... ¡porque hacen trampa al jugar a
palabras cruzadas!... Suma y sigue. Faltaría la chica, pero ¿para qué
continuar? Sólo advierto que es ferviente religiosa...
Adolescentes
americanos de clase media que creen vivir en Los Ángeles cuando habitan en el
infierno sin saberlo. Son hijos de familias deformes, cuya anormalidad ellos
incrementan con su tremebunda ignorancia. Carecen de valores, de propósitos, de
metas. Están vacío, los han vaciado de alma (no sé si el director o las
circunstancias). Sólo buscan saciar su cuerpo de placer. En la escena final,
cuando tres de ellos, los dos primeros descritos y la chica, hacen el amor sin
descanso, me entero de cuál es su idea del paraíso: una isla donde mantener
relaciones sexuales sin riesgo de embarazo a todas las horas, dieciséis, no,
diecisiete veces al día. Sin más, sin otro horizonte. También sin otros
problemas.
¡Qué mal
cuerpo! Quiero enjuagarme la boca. ¡Veré un capítulo de “Barrio Sésamo” de mi
hijo para desintoxicarme de tanta sordidez! ¿Me valdrán para mi artículo estas
dos horas en compañía de seres que sólo son humanos en la apariencia? No sé si
Larry Clark me ha querido mostrar o explicar algo, o si se trata sólo de un
director con ganas de incomodar a toda costa. Su cine es como una pesadilla:
una deformación, una exageración sin misericordia de ese lado oscuro que todos
escondemos. Una caricatura extrema de la adolescencia, de sus fantasmas y sus
aristas. Ahí algo de verdad, sí, un riesgo, una prefiguración apocalíptica de
hacia dónde podemos estar yendo; pero...
no sé. Recuerdo Thirteen, esa historia de una muchacha de trece
años que va cayendo en el abismo a consecuencia del influjo de una mala amiga.
En esa obra, el personaje acababa cuestionando su propia situación, su madre
intentaba rescatarla del precipicio, había, en fin, cierta lucha entre la luz y
las tinieblas. En Ken Park todo es sombra, sin un atisbo de
esperanza, ni un resquicio para el sentido. Los adolescentes son monstruos
inconscientes de su monstruosidad. Creo
que me ahorraré Bully , la otra película
de este director que pensaba visionar: Larry Clark ya me ha vomitado encima
bastante por hoy. Y por los siglos de los siglos.
Viernes, día 19
Busco,
ente mis notas sobre películas, algunas que guarden relación con adolescentes.
En concreto, cuatro de ellas tienen escrita en rojo la palabra “Adolescentes en
positivo” y “Muy recomendables para trabajar en clase”. Leo lo que anoté en su
día:
Cielo de octubre (1999, J. Johnston).
Argumento:
Basada
en hechos reales. Historia de un muchacho que, en los años cincuenta, embarca a
tres amigos en la aventura de construir un cohete en miniatura. Su empeño por
rozar las estrellas choca con los propósitos de su padre, el superintendente de
una mina de carbón, que aspira a que sus hijos continúen su estela bajo tierra.
El trabajo, la ilusión, la fuerza de voluntad de este muchacho en un pueblo
perdido de América obtiene sus frutos al ganar un premio nacional en una feria
científica, lo que supondrá la oportunidad para él y para sus amigos de
estudiar en una universidad importante.
Comentario: Una historia de superación, de sueños cumplidos, en los
que el esfuerzo se sobrepone a las dificultades. La relación paterno-filial,
llena de detalles, logra expresar con muchos matices el conflicto entre el
proyecto, la visión de la vida y la mentalidad del padre, y las ilusiones del
hijo, de manera que los afectos, la atracción/rechazo que se tienen se formula
sin demasiadas concesiones al ternurismo hasta el previsible y emotivo
final. Propuesta idealista, muy del
gusto americano, nada sorprendente, pero que con eficacia y sin excesivo
almíbar nos habla de la necesidad de no doblegarnos ante los retos, de cómo el afán humano de progreso puede
llevar a la persona a alcanzar las metas más altas.
Para retener: a) El juego de valores y contrastes entre el cielo
(su contemplación y su conquista con el cohete equivalen al triunfo de los sueños, al cumplimiento de
los ideales; su simbología nos remite al porvenir, al misterio, al reino del
hijo) y la mina (que representa la realidad, el peso de las circunstancias, el
presente, las certezas, el padre), con sus poderosas connotaciones, muy bien
aprovechadas. b) Los sucesivos intentos de los cuatro amigos con el cohete. Su
larga nómina de fracasos es insuficiente, sin embargo, para provocar su
rendición: el progresivo perfeccionamiento de sus tentativas se concreta en el
propio vuelo del artefacto, cada vez más vertical, y esa trayectoria
progresivamente mejorada transmite de forma física y con una capacidad para
cautivar y emocionar indiscutible el acercamiento a las metas anheladas. c) Los
adolescentes, en esta película, aprovechan su aparente candidez como fuente de
energía. La inocencia, el impulso hacia lo imposible les permite escapar de una
realidad oprimente y asaltar los cielos. Además, su empeño científico aúna el
rigor de la investigación con la más pura fantasía: desean hacer volar su
invento en la época de los inicios de la carrera espacial, impulsados por un loable
deseo de perfeccionamiento técnico, pero también con la gratuidad, el
desinterés y el puro apego al goce de las ilusiones cumplidas que caracteriza a
cualquier niño. O a cualquier poeta. O al mismísimo Juan Salvador Gaviota.
Europa, Europa (1990, A. Holland).
Argumento: Basada en hechos reales. Un adolescente judío en plena
Segunda Guerra Mundial vivirá mil peripecias para librarse de la muerte. Huirá
de Polonia, residirá una temporada en un orfanato ruso, se hará pasar por un
joven alemán, hasta convertirse, ironías del destino, en un héroe nazi. Su
trayectoria continúa en un colegio de elite para los futuros cachorros del ejercito de Hitler. Todo ello mientras Sally, el muchacho,
oculta su verdadera identidad, sus creencias y convicciones, evitando, sobre
todo, que los otros descubran su pene circuncidado. Los conflictos ante esa
personalidad escindida, la necesidad de interpretar continuamente un papel que
a veces se acaba creyendo (el de comunista convencido en Rusia o el de ario
recalcitrante en Alemania), unido todo esto a los deseos e ilusiones de
cualquier adolescente, se articulan con brillantez, dando como resultado una
película rocambolescamente histórica, tan sorprendente como conmovedora.
Comentario: Si asumir la propia identidad para un adolescente
resulta difícil, en la situación límite que plantea la película adquiere visos
tragicómicos. Sally se debate entre sus orígenes judíos y esa nueva y voluble
condición impuesta por las circunstancias, cuestionándose a cada momento las
raíces movedizas e inaprensibles de lo que somos. Su trato directo con hombres
y mujeres de toda clase y condición (polacos, rusos, alemanes...) le permiten
constatar que, en esencia, entre unos y otros no hay otras diferencias que las
construcciones ideológicas absurdas en que se funda cualquier intento de
segregación... o la presencia o ausencia de un prepucio.
Para retener: magistral la utilización de la circuncisión de Sally como elemento
dramático (ocultar esa marca de su judaísmo será una obsesión continua; esa
señal física de su pertenencia a un pueblo es, además, por nimia e
insignificante, mucho más significativa como emblema de las absurdas causas de
la discriminación); merece destacarse también el papel del azar en toda la
peripecia del personaje, que sobrevive gracias a que los bamboleos del destino
lo colocan en cada ocasión en el lugar adecuado para esquivar la tragedia.
La soledad desde la que se ve condenado
a soportar su secreto, en medio siempre de potenciales enemigos, se traduce en
una desazón vital que es magnífica metáfora de la volubilidad de todo
adolescente. Memorables las dos escenas con personajes alemanes a los que acaba
revelando su verdadero origen: un maduro soldado, que se siente atraído
físicamente por el muchacho y que acabará por convertirse en su único amigo (le
dirá una frase tan capital en el contexto de la película como redonda para
entender la adolescencia: “A veces es más fácil representar un papel que ser
uno mismo”), y la madre de la muchacha a la que ama, en cuyos brazos comprensivos desahogará, con un llanto infantil y
catártico, la presión que ha ido acumulando a lo largo de toda su peripecia de
encubrimiento y desorientación.
Ponte en mi lugar (2003, M.S. Watter).
Argumento: Amable comedia Disney en la que los caracteres
enfrentados de una madre viuda a punto de contraer segundas nupcias y una hija
con toda su adolescencia a cuestas se ven sometidos a una experiencia mágica
que ayuda a ambas mujeres a comprenderse mejor: a consecuencia de un hechizo,
intercambian sus cuerpos, de forma que han de vivir una en la piel de la otra
durante todo un día, además, crucial para las dos: a lo largo de la jornada, la
madre culminará los preparativos para la boda y la hija participará en un
concierto importantísimo con su grupo de
música. Al final, la unidad familiar y la estima personal mutua se ven
fortalecidas tras la aventura.
Comentario: La película vale tanto o tan poco como la idea de
partida, ese trueque de personalidades que actúa como experiencia empática y
liberadora. El retrato de la adolescente se basa en evidencias y lugares
comunes de todo tipo (en plan comedia de instituto: amistades, amores y
rivalidades escolares; formas de vestir y comportarse desmañadas desde una
perspectiva adulta; choques y enfrentamientos con el hermano pequeño y con la
madre; la música como fuerza liberadora y expresiva), sin demasiadas
complicaciones que impidan el espectáculo reconfortante y suave. Cualquier
adolescente puede reconocerse en parte en ella, sin que, en el fondo, revele lo
esencial de ninguno.
Para retener: Me gusta la idea de partida, ese pasar un día en
el pellejo de alguien que se encuentra en una etapa de la vida diferente a la
nuestra. Los beneficios de esta práctica son dobles, como se deduce de la
película: comprenderemos mejor las decisiones y actitudes del otro, pero
también comprobaremos que aplicar un
“toque” de color adolescente a la monocromía de nuestra madurez o, a la
inversa, impregnar con cierta templanza adulta la adolescencia, pueden resultar
maneras saludables de afrontar el día a día con otra cara.
Quiero ser como Beckham (2002, G. Chadha).
Argumento: Una muchacha de origen hindú que vive en Londres sueña con
emular a su ídolo, David Beckham. Entabla amistad con una chica inglesa, en
cuyo equipo de fútbol femenino empieza a jugar a espaldas de sus padres. El
conflicto entre las ideas y tradiciones de sus mayores y sus propios deseos
coincide, además, con los preparativos de la boda de su hermana, episodio que
agudiza las tensiones familiares. Los constantes enfrentamientos, sobre todo
con su madre, se ven contrarrestados por el apoyo de su amiga, su entrenador, del que acabará
enamorándose, un amigo hindú homosexual
que la anima a no sacrificar sus opciones personales y, en última instancia, su
propio padre. En un final conciliador, en el que todos los trastos se salvan
(la familia, el amor, la amistad, los sueños), la protagonista y su amiga
consiguen un contrato para jugar como profesionales en Estados Unidos.
Comentario: Película que juega a todos los palos de lo éticamente
correcto y lo argumentalmente “resultón”: la convivencia entre culturas, la
nueva definición de los roles femeninos, los múltiples devaneos que ocasiona la
adolescencia, la aceptación de la diferencia, sobre todo sexual, los nuevos ídolos,
el deporte rey... La película se ajusta como un guante a la morfología clásica
de las historias de superación personal (Cielo de octubre, Billy Elliot (2000,
S. Daldry), El sueño de Jimmy Grimble (2000, J. Hay)...),
aunque de la combinación de tantos temas “de obligado cumplimiento” nace un
producto, si no original, al menos heterogéneo y sugerente para el diálogo.
Para retener: La distancia irónica con que la directora, en una
época como la nuestra, de intolerancias étnicas y fundamentalismos de todo pelaje,
aborda el papel y el significado de las tradiciones y la diversidad, insinuando
con su desparpajo y su humor que la persona está por encima de cualquier
cultura. Sorprenden, aunque no convencen, los malabarismos con que se sostiene
el guión para que todo cuadre sin estridencias: la protagonista, a la vez,
obedece y desobedece; las tradiciones se vulneran y se respetan; la amistad se
traiciona y se consolida; el amor se sacrifica y se conserva: en fin, en la
intención de filmar una comedia sin aristas que no incomode [nota añadida:
el inverso perfecto al cine de Larry Clark], se sacrifica el dolor, la pérdida,
la renuncia, el fracaso, en bien de una idílica y un tanto mosqueante tendencia
al “todo es posible y la vida es estupenda”.
No está mal: me parecen cuatro visiones
de adolescentes reconocibles y útiles, eso sí, más por lo que tienen esos
personajes de tipos que de personalidades completas y pergeñadas al detalle. De
esa tendencia a la simplificación se deriva la validez pedagógica de estos
cuatro retratos. Todos coinciden en el despliegue de una serie de cualidades
positivas que rescatan al adolescente de su mala fama perpetua, a saber, la
bonhomía, la honestidad, la fuerza de voluntad, la entrega a los sueños propios
(el sueño de la supervivencia en Europa, Europa). A ver si este
fin de semana me veo tres o cuatro películas recientes, protagonizadas por
sujetos más complejos, atentas en su trama a la construcción de
individualidades únicas y no tanto al desarrollo de una historia de superación.
Y, luego, habrá que empezar a escribir el artículo, que ya va siendo hora.
Sábado, día 20
He
seleccionado estas tres películas para trabajar: Héctor, Felices
dieciséis, Eres mi héroe. Descarté las otras porque el tiempo apremia:
me da rabia no revisar Elephant, esa original propuesta
experimental sobre los crímenes de dos adolescentes en el instituto americano
de Columbine (punto de partida del archiconocido documental de Michael Moore Bowling
for Columbine). Otra vez será. Por dónde empiezo. “Pito,
pito, gorgorito...”. Te tocó. Primero
pincharé Hector , de Gracia Querejeta.
Veamos.
·
Tres retratos de adolescentes
Héctor
Héctor acaba de perder a su madre en un
accidente de tráfico. De la existencia de su padre no supo nada hasta hace unos
años y, a día de hoy, no lo conoce. Se va a vivir con sus tíos. Se trata de un
muchacho reconcentrado, muy poco expresivo. Su timidez se traduce en
ensimismamiento o, a la inversa, su ensimismamiento se disfraza de timidez. Es
maduro: las circunstancias de su vida (nos vamos enterando de que su madre era
drogodependiente, prostituta de lujo y, según se insinúa, quizás se suicidó) le
han endurecido hasta el punto de que sus sentimientos parecen en letargo.
Entonces irrumpe la figura del padre: un mexicano tranquilo, sabio y sincero,
cincelado por la experiencia y dispuesto a recuperar el tiempo perdido con su
hijo. Héctor actuará como catalizador, como una especie de ángel inconsciente
que, con su presencia, desata en su entorno una especie de revolución colectiva
(adolescencia como feliz enfermedad, tan contagiosa como reparadora): el resto
de personajes con los que convive (su tía, su prima, su tío...) acaban, como
él, enfrentándose a sus propios miedos, sincerándose con ellos mismos y,
finalmente, liberándose de sus fantasmas interiores. Héctor aprende varias
lecciones vitales que son otros tantos pasos hacia la madurez: cómo sólo
dejando fluir lo que sentimos, por oscuro o prohibido que nos parezca, estamos
en condiciones de soportar nuestras contradicciones; cómo la vida es una
especie de partida de póquer y todo buen jugador necesita enfrentarse al tapete
sin precipitación, midiendo sus movimientos antes de que el primer impulso le
conduzca al error; cómo los deseos se cumplen, no soplando velas o siguiendo el
curso de estrellas fugaces, sino en la medida en que pongamos de nuestra parte
la voluntad y el aplomo; y, en fin, cómo elegir duele, pero forja; cómo del
amor al odio (hacia la madre) o del odio al amor (hacia el padre) hay sólo un
paso, y en ese paso es el conocimiento
del otro el que nos hace mover los pies. En la película, hay un triángulo de
adolescentes (el protagonista, su prima y el exnovio rebelde de esta) con
fuertes y premeditadas conexiones con los personajes de Rebelde sin causa.
Tienen su propio planetario (el descampado sobre la ciudad en el que se
reúnen), sus instantes de felicidad al margen de un mundo demasiado ramplón,
sus conflictos personales: la diferencia estriba en que Gracia Querejeta
renuncia a la furia trágica, para decantarse por la suave melancolía del
realismo intimista.
Ramón
El
protagonista de Eres mi héroe es un muchacho al que le pilla la
preadolescencia al final de la dictadura, cuando la Transición y sus
convulsiones comienzan a cobrar cuerpo. A consecuencia del empleo de su padre,
ha pasado por mil y una ciudades, hasta que acaba en Sevilla. Por esta misma
circunstancia, ha sido siempre el objeto de chanza de su compañeros, el
perfecto candidato a chivo expiatorio (una víctima de eso que hoy llamamos bullying).
Para defenderse, Ramón se refugia en su propio mundo mágico y mítico (su amigo
y consejero es un indio imaginario que se le aparece en el momento preciso para
aconsejarle) y sigue a rajatabla tres
normas que respeta para evitar conflictos con los “macarrillas” de turno: no
chivarse, no llorar, no meterse en peleas. Su objetivo vital: convertirse en un
invisible. En Sevilla, no obstante, las circunstancias se irán modificando: de
su marginación inicial pasa a ser aceptado por la pandilla que al principio lo
machacaba. Descubrirá el amor, la amistad y su traición, y, sobre todo, el
compromiso político, que él y sus amigos viven de forma más intuitiva que
consciente en el microcosmos de su escuela. Allí, comprobará que hay una
diferencia de raíz entre los que detentan el poder y los que legítimamente lo
poseen. Y, lo más importante, se librará de sus débitos infantiles (la
confianza en la resolución mágica de los conflictos, la tendencia a rehuir los
problemas en lugar de plantarles cara, el miedo a la debilidad, que debe
aceptarse y asumirse, pues es consustancial al ser humano y puede transformarse
en fortaleza...).
La
película pretende equiparar de forma un tanto forzada el momento vital del
protagonista con las propios desequilibrios de la
también adolescente situación política española en los años setenta. Los
intentos de acompasar y hacer que rime el crecimiento de Ramón con la toma de
conciencia de su adultez por parte de toda una sociedad no funcionan y a veces
degeneran en un tono panfletario. No obstante, el intento de mostrar cómo unos
niños crecen mientras pasan de la esquemática división del mundo en malos y
buenos a una más elaborada visión de la compleja realidad resulta, cuanto menos, interesante en su
planteamiento. Ramón sale de la película que cree que es el mundo para descubrir cómo este, en realidad, consta
de cuatro puntos cardinales, y no de ese
solo que señalaban sus películas favoritas, las del oeste.
Domingo, día 21
Ayer
tuve sesión de mañana y tarde. Hoy remataré la faena con más de lo mismo:
Liam
Felices dieciséis es la crónica desgarrada de un muchacho que ve cómo se
truncan sus planes en el contexto de una realidad sucia y descompuesta. Liam es
un quinceañero marginal que se gana unas libras, en compañía de su mejor amigo,
vendiendo tabaco de contrabando por los bares. Su familia está integrada por
delincuentes que sobreviven gracias al tráfico de drogas. Su madre está en la cárcel por encubrir a su
pareja, un hombre brutal y sin escrúpulos que pretende utilizar a Liam para
meter estupefacientes en la prisión de mujeres. Pero nuestro protagonista tiene
un sueño: cuando su madre salga de la trena, en unas semanas, justo la víspera
de su decimosexto cumpleaños, él le regalará una caravana donde vivirán juntos,
lejos de ese contexto deprimente en el que han crecido. Para lograr su meta,
Liam no duda en robar un alijo al amante de su madre. Comienza a traficar con
drogas (montará un boyante negocio de “drogas y pizzas a domicilio”) y acaba
integrándose en una mafia local, tras traicionar a su mejor amigo. Sin embargo,
cuando su madre sale de la cárcel, esta no está dispuesta a adaptarse a los
proyectos de su hijo. Esto desencadenará la tragedia.
Liam es el
reverso de Homer, el protagonista de Cielo de octubre (no es
casual para trazar esta analogía que conozcamos a Liam y a su amigo mientras
cobran unos centavos a unos niños por mirar las estrellas a través de su
telescopio), una especie de inversión / perversión malévola del sueño americano
trasplantado a la vieja Europa. Como el adolescente de aquella película, este
también se ha marcado un objetivo hacia el que canaliza todas sus energías. El
problema es que Liam ha errado en su percepción del mundo, atribuyendo a su
madre, en concreto, unos valores y unas aspiraciones de las que esta carece. Al
querer que la realidad se someta a toda costa a la imagen engañosa que de ella
se ha forjado, Liam se ha ido enredando en una espiral delictiva cada vez más
seria y en un juego de traiciones que, al final, cuando la verdad estalle ante
sus narices (justo el día de su cumpleaños) lo condenará a la desolación más
absoluta. Liam tiene las mismas virtudes que Homer, o que la protagonista de Quiero
ser como Beckham, pero las circunstancias personales y sociales han
transformada ese potencial en una carga autodestructiva. Su soberbia y su
incapacidad para ver, sin idealismos, lo que hay son, en el fondo, resabios
infantiles que, por desgracia, no puede permitirse quien ha nacido en un
lodazal para ser acosado por las hienas.
Lunes, día 22
Tras
la panzada cinematográfica del fin de semana, creo que sólo me falta revisar
los artículos y colaboraciones que he escrito otras veces en la revista sobre
este asunto u otros afines antes de comenzar la redacción. Así evitaré la
tentación de repetirme. Puedo, además, remitir al lector interesado a esos
escritos, si quiere tener una visión totalizadora de mis reflexiones sobre este
particular. En concreto, en el número 330-331 comenté la película Thirteen
(pág. 55). En el número 321 hablé del retrato que de los adolescentes se
llevaba a cabo en Barrio (pág. 44-45), la película reciente que,
para mi gusto, mejor piensa en imágenes esta edad apasionante. He analizado
también Un lugar en el mundo, la estupenda creación de
Aristarain, que relata el proceso de iniciación vital y política de un
preadolescente en la Argentina rural (número 317: pág. 61 y siguientes). No
debo olvidar que en los números 316 y 317 propuse una filmografía de cincuenta
y una películas con protagonistas adolescentes (pág. 43, en ambos casos). Sobre
El creyente, cinta que presenta la desquiciante experiencia de un
muchacho judío que acaba militando en el movimiento neonazi, reflexione en el
número 312-313 (pág. 43). En el monográfico dedicado al cine (número 306-307)
escribí un artículo sobre imágenes de hombres y mujeres en el cine (pág.
58-82). Allí aparecen los retratos de Billy Elliot, Frodo, la princesa Jen (de Tigre
y dragón) Wei Minzhi (de Ni
uno menos), o Rosetta, personajes todos ellos adolescentes. También he
comentado en otras ocasiones El Bola (número 288-289, pág. 43), Las
normas de la casa de la sidra (número 281, pág. 43), American
history X (número 274, pág, 43) o, Bienvenido a la casa de
muñecas (número 269, pág. 43),Profesor
Holland (número 230, pág. 43) con protagonistas que presentan el perfil
que nos interesa. Para terminar, debo recordar que el número 231 publiqué un
estudio sobre Imágenes de jóvenes en la literatura, que trazaba una
tipología de adolescentes reconocibles en los textos literarios, perfectamente
trasplantable al mundo del cine. Vamos, creo que con este listado estoy servido
de autocitas.
Martes, día 23
Ha
llegado el momento de ir al grano. En esencia, ¿qué quiero decir sobre los
adolescentes en el cine? Si tuviera que resumir en dos patadas mis premisas de
partida o, de otro modo, las conclusiones de esta investigación previa que he
ido reflejando en mi diario, expondría lo siguiente:
1. Muchas de las imágenes de adolescentes en el cine
podrían agruparse en dos grandes grupos: retratos de corte positivo, en los que
el crecimiento se manifiesta como afán de superación, y retratos “en negro”, en
los que la inestabilidad connatural a esta etapa se ve desbordada por las
circunstancias y acaba por condenar al chico o chica al fracaso y la
frustración vital.
2. Existe también una tendencia a construir un
adolescente-tipo, más tópico que complejo, sobre todo en las películas en clave
de comedia. Entre sus rasgos sobresalen siempre el tumultuoso despertar de la
sexualidad, la aceptación del entorno familiar como marco ideal para superar
con éxito su proceso de maduración y una firme decisión a la hora de encarar la
consecución de sus metas.
3. En los adolescentes marginales se extreman los peligros
ligados a los propios desequilibrios de la edad. Sus cualidades, deseos en
bruto e impulsos son similares a los de los jóvenes integrados, pero el
desarraigo y el entorno puede transformar esas fuerzas
en energías destructivas. Además, la visceralidad de sus acciones vuelve aún
más inflamables los riesgos con los que topan.
4. La figura del padre (a veces la madre), su ausencia o
la necesidad de matarlo / resucitarlo simbólicamente constituye uno de los
centros temáticos de la mayoría de las películas sobre adolescentes. El
esfuerzo que hacen estos por conciliar independencia y ligazón supone una
fuente continua de conflictos e inestabilidad. En el fondo, el clásico dilema
entre la ley, encarnada por el padre, y el individuo se formula, en estos
casos, con toda su intensidad.
5. Hay en muchos de ellos una vaga conciencia de lo
trascendente, de lo místerico, que se concreta en el papel simbólico que el
cielo, las estrellas o los espacios elevados desempeñan en estas películas.
6. Cuando las historias se ambientan en el pasado, suelen
estar bañadas de nostalgia y presentan una significativa propensión al mito. En
los argumentos situados en el presente, sin embargo, a no ser que se adopte un
tono de comedia, hay mucho menos margen para el optimismo. En el fondo, en el
adolescente actual se extreman las carencias y los efectos nocivos de la
sociedad occidental, pues su sensibilidad a flor de piel los convierte en
magnífica caja de resonancia y amplificación: en ellos vemos con lupa las
mismas miserias de los adultos.
Se
me ocurre que, si hubiera que recomendar diez títulos imprescindibles para
pensar la adolescencia desde el cine y organizar, por ejemplo, un ciclo de
proyecciones, yo me quedaría con Rebelde sin causa, Barrio (1998,
F. León), Thirteen, Cielo de octubre, Europa, Europa, Felices dieciséis,
Cuenta conmigo, Martín (Hache) (1997, A. Aristarain), Las normas
de la casa de la sidra y la trilogía de L. y P. Dardenne (Rosseta
(1999), La promesa (1996), El hijo (2002)).
He dicho.
Miércoles, día 24
En
fin, creo que ya lo tengo todo listo: mis notas, unas cuantas películas en la
memoria, el ordenador en marcha, el bote de galletitas saladas, mucha agua y un
poco de tiempo abonado de silencio. A ver qué sale.